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lunes, 21 de mayo de 2012

PRÓLOGO A "EL DÍA DE LOS CUENTOS Y OTRAS CACERÍAS"

El presente texto tiene el interés de entenderse como "Prólogo" a lo que será la publicación del libro de cuentos "EL DIA DE LOS CUENTOS Y OTRAS CACERÍAS"  cuyo material se encuentra publicado en este Blog. Agradezco nuevamente a la Ps. Liliana Stampella por el interés en la lectura de mi obra y por sus palabras.

PRÓLOGO

Condenado a leer, Germán Caporalini ejerce su libertad –condicional- de escribir…

Sin reparos en admitir la ficción de la realidad, se dedica a realizar ficciones…

Y pareciera  -a mi juicio- que esas composiciones tuvieran el ánimo de descomponer -en sus rasgos íntimos- la ilusión de unidad que estructura la identidad de cada estilo, llámese Renacimiento y Humanismo, Barroco, Romanticismo…

    Incursión -la suya- en pos de una ficción  realista de drama romántico. Ficción romántica de expresión flexible: sensible tanto a la austeridad verbal cuanto al barroquismo. Ficción barroca de esplendor descarnado. Ficción crítica, pasional, naturalista. Ficción realista de realismo inmoderado.  Realismo quebrado por un toque mágico...

Y –para mí- en esos desplazamientos se emplaza su obra, su tacto, su destreza en narrar historias…

    Emplazamiento –éste- que, por un lado,  absuelve al relato de quedar sujetado al respectivo decoro de cualquiera de esos seculares “ismos” literarios, y, por otro, exime a su autor de las formas tradicionales de trabajo y composición.

    De aquí -de esta ruptura paradigmática moderna- su afinidad con la experiencia narrativa de sus coetáneos; también su diferencia respecto de la producción escrita...  La escritura de Germán Caporalini –su prosa, entre modernista y postmoderna- si bien apela a la estructura fragmentada, a la ornamentación expresiva, a la polifonía textual, a la insostenibilidad de la razón y el logocentrismo,  no desemboca  en una  estética en común; tampoco en una anarquía formal  apocalíptica..., tan típica –ésta- de la subversión literaria de la época.

    La vocación de Caporalini, su afición vehemente a la escritura, su elocuencia, su pasión desdeñosa de demarcar una escuela o repudiar otra tendencia, su imaginación creativa y creadora,  sus artificios,  sobreviven en  su obra, y la obra deviene -más y más- su propio “hacedor”…

     No es, por tanto, Germán, un escritor clásico…, y es, por tanto, el clásico escritor.

    Ante sus relatos, ya  El día de la cacería, ya Las fotos robadas, ya Alegato, su lector, (su “Lector Modelo”, en términos de Umberto Eco…; su lector modelo que quizá no sea el “lector omnívoro” de Whitman) no sé si  habrá de  detenerse a ponderar si su temática o sus recursos retóricos son o no son dieciochescos, modernistas o postmodernos…; ese lector se dejará apresar por la historia, la trama, la intriga,   disfrutando de la prerrogativa de leer; de leerlos…

Y es que para ese lector (coautor en el sentido de lector activo,  destinatario y cómplice) el valor del cuento no necesita ser demostrado ni reconstruido  a través de un  análisis del statu quo de la obra, devenido –si se quiere- un sobrentendido cuando no un malentendido crítico… 

    De allí que, sin caer en la negación de un  análisis de este género, pero no ignorando que reflexionar sobre el texto, abordar su entretejido, es una intervención sobre la cual pesan restricciones de toda índole, prefiero cederle la palabra a Alberto Girri; quien, al considerar el mérito o demérito de una obra, pudo responderse con esta pregunta: 

 “¿no costaría imaginar que tanta lucidez, penetración y curiosidad, pudieran sin embargo ignorar que  el signo de toda obra escrita es la incertidumbre;  que triunfos y fracasos de un escritor ocurren de acuerdo con un orden cuya mecánica él no controla y al que suele dársele el nombre de destino?”…



Estimado Germán:

¡Que la actual incertidumbre de tu obra se resuelva en el más singular de los premios: la honra de ser leído!

¡Que ése sea tu galardón, tu homenaje, tu destino!



Ps. Liliana Stampella



EL DIA DE LA CACERÍA (Parte II)


En el día posterior a la conmemoración, la comunidad se había transformado en un mausoleo, solemne, cabizbajo, tenue, con la mirada que asomaba desde el engaño. Nadie admitía que alguna vez alguien tenía que animarse a la verdad oculta. Sí se sabía. Y era porque estaban expectantes desde siempre, sólo era cuestión de esperar a que suceda, suponer que alguien alguna vez tendría que animarse.
Nuestro líder venía a buscar parte de su historia. Tenía la firme convicción que tras las conjeturas y el deseo de trascendencia había un nombre heroico que le pertenecía: el de su padre. Todo ser que trasciende es rebautizado en la gesta que lo acunó pero quizá en este caso el nombre se había perdido o ya fuese otro. Por eso, la necesidad; por eso, la importancia de estar acá, a pesar de los riesgos. Pocas eran las referencias que conservaba de su padre, pero sabía que en la comunidad podía dar con parte de su sangre, su medio hermano, quien había quedado a cargo de contar y mantener con vida la historia de su padre. En este sentido, era comprensible que hubiera tenido que venir con un grupo comando como el nuestro. ¿Desarrollar una estrategia de contienda a cambio de un encuentro fraternal? No era sólo escuchar el relato de la gesta, sino que había una desconfianza desde el principio. El riesgo era al revés, porque podría enterarse de la verdad que no deseaba, que renegaba, pero también que la suponía.
Aunque algunas clasificaciones de conflictos dividen las guerras según varios criterios, entre ellos el del tipo del enemigo a combatir, éste no parecía ser el caso. Cuando llegamos al lugar no estábamos preparados para enfrentar conflictos de alta intensidad ni guerras convencionales. La experiencia que teníamos era básicamente intervenciones en conflictos de otro orden; ni enfrentamientos de media intensidad ni guerra de guerrillas. Jamás habíamos combatido contra grupos paramilitares sostenidos, ni fuerte o pobremente armados. Sin embargo, y aunque somos pacifistas por razones orgánicas ante la guerra no podemos ser indiferentes.
Nuestro líder sabía que su oponente controlaba todo, desde la entrada principal hasta ciertas regiones de difícil acceso. Este parecía ser un caso en que se consideraba capacitado para la operación sin necesidad del apoyo tácito de la población o por los poderes en ejercicio a través de sus ejércitos. Esta era una batalla diferente, era una contienda propia; nosotros sólo acompañábamos el proceso.
Aunque al principio nos consideraron como peligrosos, no veníamos a hacer guerrilla. Estaba ajeno a nuestra intención desarrollar una táctica militar de conflictos armados, como la de hostigar al enemigo en su propio terreno con destacamentos irregulares y mediante ataques rápidos y sorpresivos. Sólo queríamos tomar lo que consideramos que pertenecía a nuestro líder; luego nos retiraríamos sin un solo disparo, sin derramar sangre. Todos tenemos batallas libradas y las heridas nos cobran con recuerdos. Yo llegué acá para comenzar también con la mía, pero antes tenía el deber moral y ético de librar una batalla anterior a todo, un enfrentamiento que sólo nuestro líder sabía como se iba a desarrollar, en búsqueda de una identidad que conocía pero que le era adversa. Necesitaba superarla, sobrevivirla. La supervivencia, al igual que la función del ser supremo e ideal, legitima la crueldad más absoluta. Por eso no tuve reparos en venir desde tan lejos. Si bien parecía que el fundamento sustancial era venir en son de paz, la portación de armas o la intención de ejecutar a alguien desconocido, contradijo cualquier simulacro de buenas intenciones. Nosotros aprovecharíamos esa valiosa ventaja. Teníamos como plan alternativo la amenaza de explosión de instalaciones, puentes y caminos o secuestros de armas y provisiones. Este método de guerra se utiliza con frecuencia en situaciones de guerra asimétrica. Gracias a la movilidad ligera, a la fácil dispersión en pequeños grupos y a la habilidad para desaparecer entre la población civil, les resultarían muy difícil neutralizarnos, por eso no cometerían el error de enfrentarnos. Ante lo desconocido está el miedo, ante lo probable está la impotencia, ante lo real está el terror.
Habíamos venido con expectativas restringidas, con dudas y enigmas, pero poco a poco el panorama parecía alentador. Nuestro líder tenía muchas necesidad de venir a buscar la historia inconclusa de su vida que pretendía completarla conociendo –o descubriendo- la de su padre. Muchas cosas se le presentaban como confusas o borrosas porque la historia era contradictoria. Su padre nunca fue alguien de importancia para la familia -estos eran sus actuales recuerdos de infancia- y de pronto en una remota información que llega a sus manos aparecía como un ser que ocupaba un lugar en la historia de un pueblo con tradiciones muy particulares. Por eso resultaba contradictorio, por eso no había emisarios; tenía que averiguarlo personalmente. A medida que profundizaba su interés, parecía crecer la devoción y comenzaba a encender la llama votiva de los héroes caídos en una causa justa y noble.
Todos estábamos en la mira. El hermano que vivía en la comunidad sabía que nuestro líder venía a desenmascarar una verdad que ya se sabía de antemano, desde siempre; aun así, por algo había que mantenerla oculta. La historia ya estaba escrita, había un modo de contarla, y las razones justificaban todo.
Nunca nadie se había interesado por conocerla -hasta ahora- y la orden era mantenerla así a cualquier precio. Si había que matar a quien quisiera usurpar el ritual o simplemente llevarlo a la ilógica consignación de la nostalgia, consagrarlo al ritual del olvido, entenderlo como un infinito que no se puede contener, también se haría. Pero no era eso a lo que veníamos; nuestra intención era mucho menos ambiciosa. No pretendíamos producir una nueva fundación mítica del estado ni reinscribir la efeméride más importante de la región; por supuesto, como no era nuestra intención eso jamás iba a suceder. Por eso, lo primero que nos advirtieron es que si intentábamos algo fue de la razón nadie saldría vivo; empezarían por el líder opositor y así uno a uno iríamos cayendo, hasta quedar consumidos en el olvido de los perdedores.
Nosotros no podíamos dejar de estar atentos a cada momento. Desde que comenzaron a espiarnos hasta que aprendimos a escuchar las voces mudas mientras leíamos los labios a la distancia ínfima que se encontraban dentro de los binoculares no pasó mucho tiempo. Desde temprano, apenas la claridad del sol pudo levemente colarse entre las nubes espesas que anunciaban un día con posibles fantasmas y lluvias, aparecieron las primeras dudas significativas. Todos presumían entender la lógica del encuentro entre hermanos como parte de un simulacro, pero el enigma concreto de la realidad llevaba a otro sitio. Situar lo imposible permite no poner a todo a cuenta de la impotencia, pero sí de la fatalidad. La guerra, como el amor, queda entrampada entre lo imposible y la impotencia. El ser humano también queda entrampado, pero la razón cierta es que no hay lugar para ambos; o es la preservación de la vida o es la aniquilación de la guerra. De esto tampoco hay escapatoria. No debería haber dudas; suponíamos que todos conocían (o entendían) las reglas. Nos hicieron saber que estábamos avisados, y esto nos preocupaba. Sin embargo, era menos una amenaza que una simple información administrativa; no había afecto, no había intención, como si todo diera igual. Parecía que no importaba la vida porque no importaba tampoco la muerte; ni la propia ni la ajena. Esto era sumamente preocupante porque cuando la muerte se naturaliza los códigos de referencia subjetiva cambian radicalmente. Cada uno queda sujeto a una dimensión desconocida; no hay vencedores, todo perdemos.
Entonces empezamos a conjeturar que no todo estaba bien. Sobre todo, presentimos que había una mentira que nos envolvía. Nuestro líder aún tenía esperanza que nuestra intención de desengaño fuera una malicia que se desvaneciera de a poco. Sin embargo, estábamos fuera de todo y no podíamos dejarnos capturar por la farsa. Luego de una intensa y corta búsqueda de su hermano sólo se animó a desconfiar cuando no logró dar con él. Además, todo se contradecía con el interés de conocer el riesgo de vida que corríamos, como si quisiera poner todo a prueba; nuestra lealtad, nuestra capacidad de operación y estrategia, nuestra línea de umbral y de saturación interior.
No estábamos preocupados sino atentos a lo que pasaba. Lo que provocaba inquietud era que si se desataba una contienda fuese más o menos pareja, donde el enemigo fuese otro ejército, mejor o peor armado que el propio. Pero ahora estábamos en desigualdad de condiciones; los otros disponían de cuarteles, centros de mando y territorio que defender. Por eso antes de comenzar la lucha había que conocer la salida; no es de cobarde huir a tiempo si es parte de la estrategia. Eso nos tranquilizaba; no éramos ingenuos. Nosotros veníamos desde lejos, en tiempo y distancia, y las diferencias eran sustanciales para ambos lados.
El resto del grupo habíamos vivido nuestro primer día de cacería pasando desapercibidos, ocultos durante el día entre la muchedumbre que sin saberlo nos alojaba en la indiferencia para protegernos de correr riesgos, y luego inactivos, como detenidos, en un paraje cercano, donde el silencio ocupó toda la noche. La eficacia de nuestra supuesta presencia los condicionaba de cometer cualquier acción que los pusiera en riesgo de batalla. Sabíamos de este modo de pensar, y nos convenía. Si a los soldados valientes los entierran los cobardes nosotros no íbamos a cometer ninguna locura heroica, ni mucho menos.
El error hubiera sido pensar que si combatíamos y perdíamos se escribiría una especie de texto de pasión, una historia sublime que nos dejara exentos de culpa y cargo, creyendo bajo todo punto de vista que pertenecíamos a una raza superior, particular, y pasaríamos a ser parte de la historia de la comunidad. Pero no fue así. No existía superior ni inferior, y no dejaríamos que el sistema nos devore porque la sangre condicionaba nuestra existencia. Actuábamos bajo los efectos de la circulación y el ritmo cardíaco, y aunque nada queremos saber de códigos genéticos queda claro que estamos condicionados desde siempre. Todos quedamos separados del pensamiento en un puro acto, en pura acción, como si las palabras y la cabeza física hubieran podido traspasar una barrera silenciosa, bajo un acontecimiento mediado por la razón, pero fuera de toda lógica. En el límite elegimos el instinto como único vínculo de cuerpos sin palabras, erigido como una esfinge pero ausente de significación. Un reto de laberintos sin escollos, un interminable escape del vuelo sin sol; éramos sólo cera y alas infinitas.
Nos dejamos llevar por una extraña inquietud y por la pasividad de los otros. Avanzamos hacia donde nuestro líder se encontraría con su hermano para reclamar por la  historia de su padre, para encontrar sus raíces, para construir en el árbol familiar la propia rama con su nombre. Mucho se conjeturaba, pero él dudaba de todo y necesitaba resolverlo sin esperar nada más de nadie. Sólo nosotros entendíamos y acompañábamos sus pasos. Nos acercamos demasiado, sin dificultad, lanzados por la certeza de renegar obstáculos, pero también desconociendo el ritmo de los acontecimientos; fue el único error nuestro pero fue decisivo.
No contamos con que los intereses pesonales eran muy distintos. Su hermano no necesitaba nada más de su padre, tenía la historia, la reputación intachable de héroe y con eso le bastaba. Por eso tampoco se interesó en tener para sí ninguna protección, mucho menos contra su hermano quien parecía traer a cuenta de una mentira irrefutable varias verdades relativas. Ante esto, no había excusa; mucho menos, salvación. Primero llamó a la puerta, después intentó entrar sin permiso, finalmente clamó por atención. Afuera, entre nosotros, todo era silencio; adentro, la soledad de uno era todo vacío. El silencio se prestó a la conjetura y acompañaba la angustia, pero el vacío de respuesta no dejó lugar para ninguna referencia. Todos nos miramos y la conexión visual activó una lógica manera de comprensión. El tiempo apretado en el gatillo se expandió en cien partes entre el percutor y su acción, entre la pólvora encendida y la cápsula volando por el aire despedida por la corredera. Conociendo y sabiendo, cada uno de nosotros vio en cámara lenta toda la acción: el fogonazo, un delgado hilo de humo gris dibujando una silueta caprichosa en el aire, un orificio abierto que aun contenía sangre a punto de fluir, un rostro que no guardó dolor ni afecto.
Por primera vez se había oído un disparo. Todos creían que era imposible que pasara porque nadie se atrevió a pensar la posibilidad, pero cuando se animaron a situarlo en la realidad sólo era cuestión de tiempo. El brotar de la sangre por el agujero suponía la significación por donde entró la bala; el perfume indiscutido de un disparo también infería que con la pólvora quemada se podían seducir otras mentes, poderosas o minusválidas pero siempre extremas. No hubo tiempo para nada más. Sólo se escuchó un estampido, y el desconcierto fue igual para todos. Nos protegimos dando unos pasos hacia atrás, como si por la puerta tuviera que pasar una manada de elefantes, atropellando todo a su paso. El disparo había salido describiendo un círculo cerrado, desde el cerebro que dio la orden al músculo del brazo para que elevara el arma empuñada en la mano que accionó el gatillo hasta la propia sien. Recuperamos el espacio y corrimos unos metros hasta la casa, forzamos la puerta y cuando entramos vimos el cuadro esperado. Su hermano derramado sobre una silla, la pared asperjada de sangre, algunas fotos familiares y una carta. No fue necesario leerla. Nuestro líder la tomó, hizo un bollo y la tiró a los desechos. Quedaba entonces una conjetura que dejaba abierta la posibilidad de que se repita en cada una de las personas del lugar, porque muchos, la mayoría -sino todos- habían vivido (o aun vivían) la misma historia.
Todos salieron a la calle, asomándose desde sus casas a la realidad, a la comprensión de que algo salió mal. Se miraron unos a otros desconociendo la posibilidad de que alguien en la comunidad tuviera un arma y que era capaz de usarlo. Y que hubiera podido usarlo en cualquier momento y contra cualquiera de ellos. Les hacía ver que estaban en riesgo desde siempre, desprotegidos, entregados a la suerte del destino que desconocían. En cuanto el apremio devora la lógica más devota los dioses se esfuman y cada uno está obligado a actuar sin mediar otra cosa que la propia salvación. Por eso y ante la realidad, todos entendieron que había llegado el momento de terminar con el ritual. La historia parecía estar escrita al revés, por eso comenzaron por lo que parecía ser el final. Luego entendimos por qué; al principio, no.
Se encaminaron uno a uno hacia el cementerio, un pequeño y alejado campo que había sido fundado y habilitado para recordar a los caídos en batallas aisladas que pertenecían al día de la cacería, y para los que seguían permaneciendo con vida por el poco tiempo que les quedaba, víctimas de las heridas mortales recibidas. Cada año se juntaban todos los pobladores para recrear historias pasadas, rememorar mitos familiares transmitidos de generación en generación, donde tenían la posibilidad de rencontrarse con su propia historia, con su propio designio, con la verdad soportada. Incluido nuestro líder. Como lo que vemos es efímero pero lo que no se ve es eterno, aquí no había nombres. Alguien se acercó a él, le habló al oído y con un gesto borroso lo seguimos detrás.
Nuestro líder entonces logró dar por fin con el último descanso de su padre. Pero ahora todo había cambiado. Allí se toparían con un siniestro espectro de cada uno, porque el lugar estaba constituido por un raro vacío de marcas sin significación. Era un prado cercado con cruces sin epitafios, con la posibilidad de escribirlos, suponerlos o inventarlos a su antojo cada vez que alguien venía. Cualquiera podía hacerlo. Elegía una cruz que tuviera buen sol de día y decidía que desde ese momento yaciera algún ser querido con la sola elección de un texto que lo represente. Había cruces para todos. La necesidad o la inquietud de la preservación de los difuntos tenían como único sostén la historia contada de boca en boca, y reforzada con el epitafio invisible y oral. Por eso, la inmortalidad no quedaba en manos de los propios guerreros, sino que los verdaderos héroes eran los que mejor relataban los sucesos acaecidos en cada batalla. Los próximos momentos de la vida irían transformando la historia contada hasta que el héroe perdía toda validez de culto y pleitesías, y se reutilizaba la cruz para un nuevo héroe. Entonces, la gesta del día de la cacería tenía un cementerio que estaba repleto de héroes pero vacío de muertos.
Pocos yacían ahí. La mayoría habían llegado porque la edad no acompañó más en la vida, porque hasta la longevidad tiene un límite, porque el cuerpo se resiste hasta que la historia no soporta más el peso del futuro incierto. Ahora que lo sabía tenía la posibilidad o la obligación de construir cualquier heroica historia sobre su ascendencia. Había el designio de elevar una plegaria desde cualquier rincón del predio, cualquiera valía y permitía una razón para cada circunstancia. Lo pensó como un héroe, un soldado de jerarquía, lo imaginó completo; general, teniente, brigadier, comodoro; todo lo que pudiera elevarlo servía a los fines creados. Seguramente su padre, a lo mejor su abuelo y quizá más. El compás de la escritura lo marcarían sus latidos. En el nombre se escribe cada parte de esa historia y cada letra representa un paso a dar. El límite sería la pertenencia y la permisión. Quiso saber más, y preguntó a todos cuanto pudo sobre la vida militar y heroica de su padre, pero averiguó demasiado. La ansiedad le jugó una mala pasada porque se enteró que su padre nunca había estado en guerra, ni en batalla. Él siempre supuso que había algo oculto, pero no estaba preparado para enfrentarlo. Poco tiempo y poco esfuerzo le llevó recopilar algunos datos para que la búsqueda y el esfuerzo que nos llevó llegar hasta este momento no sirvieran de nada. En el garabato final de nuestra firma dibujamos el último gambito, el enroque que protegerá al rey hasta el jaque mate final. No más. En este caso, mucho menos, porque no pudo construir ningún don que le sea digno de ceder. Supo por versiones ajenas que su padre perteneció a la misma estirpe de hombres como tantos otros en el pueblo. No había sido un padre terrible ni ausente, sino vacío, un ser sin adjetivación. La realidad no le era propia, pero sí la verdad. Su campo de combate había sido la noche, sus metales eran su anillo barato de plata chocando contra el estaño de un mostrador de cantina, su trinchera era el alcohol y eran también todas las camas con mujeres prestadas al engaño, al olvido, al abandono. El típico recuerdo que portaba su cuerpo putrefacto era alguna cicatriz de venérea incurable. Aunque se permitió estar ahí unos instantes, sabía que no tenía sentido quedarse más. La realidad lo dejó del lado en que nada lo conmoviera. Ni siquiera lo conmovió la situación fantaseada de pensar que alguien lo haya engañado contándole una historia que no le era afín, sobre alguien que no fue su padre, porque ese sentimiento no lo amparaba de la desazón. Y era cierto porque a pesar de todo la sospecha es un engaño que protege de la dura realidad de la verdad, pero por poco tiempo. La indiferencia en cada una de las tumbas que lo acompañaban fue el último testimonio de su paso por tierra santa.
Comprendieron que habían creado una historia ficticia sobre una gesta que jamás existió y que era como elevar una plegaria: le sirve al fiel mientras no corra riesgos. Entonces, todo había sido una farsa, como la historia que vinimos a buscar. Los pobladores no querían más mentiras. Cada uno se adueñó para sí de una cruz, y con la dificultad del momento se decidió de escribir un nombre en cada tumba. Desde ahora, conocerían el duelo, pero nuestro líder no quiso hacerlo, no era su momento. Como el día ya se apagaba se levantó del lecho de la tumba que fue cualquiera. La única duda era de qué modo sacudir la tierra que quedó adherida a las rodillas de su pantalón. Con bronca, con apatía, con repugnancia. Restos de polvo, de cenizas, de raíces. Unos golpes sobre sus piernas y quedaría limpio, vacío.
Yo no quise entrar. No era mi lugar ni mi historia. Alguna vez quizá alguien reciba un disparo de otro, pero en ese caso tendría que comenzar a contar una nueva historia. Todos somos sobrevivientes. Una repetición sin memoria.

LA PROMESA


“…Cuando la especie se reduce,
las defensas se reducen…”

La pregunta eterna, infinita y universal era una incógnita sin respuesta. Nada tenía otra forma, otra importancia, otra lógica que la del día de visita a los internos en la Unidad Penitenciaria. Toda la semana era un ritual de preparación y cada momento valía la pena vivirlo si conllevaba la idea de referirlo a ese preciso momento.

“A pesar de las circunstancias, mi esposa vivía cada día con el único fin de ir a visitar a nuestro hijo que estaba preso cada vez que podía. Pero cuando empezó con la obsesión de querer verlo a toda costa, de querer tenerlo por un día entero para ella sola me parece que todo se esfumó de las manos. Algo le pasó, pero no sé qué fue...”

No se sabe por qué, pero había una especie de obsesión empedernida, una cláusula inconsciente que implicaba cierto ordenamiento ilógico y temperamental, y que llevó a la situación en que estaba hoy. No sólo ella, también él. No sabía ni podía reaccionar cuando ella se encerraba en sí misma. Era una encrucijada para su mente, que lo dejaba en otro lado, opuesto, en otra orilla con un río de dudas sin resolver. Esto lo alejaba cada vez más. Se sentía en la obligación física de estar, pero contenido en una ausencia ilimitada. Había un por qué sobre la identidad propia; por momentos no se reconocía. Tampoco se permitía pensar sobre quién era él realmente, por qué estaba ahí.

“Yo entendía que es la madre…, que el instinto maternal…, que la necesidad de tener para sí misma a su hijo de las entrañas…, pero no comprendo la obsesión de haber querido llevar todo hasta el extremo...”    

Todo se contradecía. La inminencia, la cercanía del fin de semana y el día de visita, frente al tiempo que avanzaba lentamente. Los días aletargados que de pronto parecían vertiginosos; nada era comparable a la manía de ella, que todo lo podía. Y se lo preguntaba cada vez que la veía tumbada en la cama, derramada desprolijamente instantes después de la detumescencia obligada. Esa entidad siniestra pendía de un delgado hilo desde su ser orgásmico y anterior; ahora era sólo eso, carne desconocida en proceso de descomposición.

“Ella era increíble. A pesar de que luego del accidente había perdido prácticamente toda la mano, se desenvolvía en la casa como si nunca hubiera pasado nada. Estaba las veinticuatro horas preparando cosas para llevar el domingo a la Unidad Penitenciaria…”

La mujer había recibido de su propio hijo, ahora en la cárcel, un disparo en la mano porque se obsesionaba con revisarle todo y cierta vez le encontró entre sus cosas un paquete de sustancia y se lo tiró a la basura. Ella decía que a él no le hacía nada bien. Y era cierto. Esa misma sensación extraña que ella describía de su hijo cuando luego de varios días de ausencia regresaba a la casa. La misma carencia de realidad con la que perduró hasta esos días, ahora era actualizada cada vez que la obsesión -o la locura, daba lo mismo- en ella emergía o se ocultaba en las crisis maníacas, cuando decía que “necesitaba ver a su hijo un día entero”. No alcanzaba el reducido horario de visita, porque en realidad no era eso. Era más, pero además era otra cosa que no se podía comprender. Por eso, todo y nada era inservible o cuanto menos insuficiente.  

“Al principio fueron pocas las veces que el muchacho volvía a casa con restos de los efectos que le producía la cocaína, -vaya uno a saber con qué otra cosa lo mezclaba- pero cuando se hizo cotidiano, la situación en casa era insostenible. No había modo de explicarle, de hablarle, de hacerle entender que le hacía mal. Además, los amigos no ayudaban, al contrario. Todo el grupo consumía y se contenían entre ellos. Nada alcanzaba, nada podía escuchar, y nada podíamos hacer...”

Ella se había puesto cada vez peor. Cuando sucedió lo del tiro en la mano pensó que la descarga de odio de su hijo hacia ella había subsanado todos los males de la familia, que de ese modo las cosas habían llegado a un límite y todo podía empezar a tomar otros carriles; pero no. Esto no hizo más que agravar la situación. La mujer había tenido una descompensación por exceso de medicación. Los tranquilizantes recetados cada vez producían menos efectos esperados y agravaba los efectos colaterales, y en una internación le pidió a su marido el juramento que le traería a su hijo lo antes posible. En la significación del pedido el marido había creído poder jugar con las palabras, pero el sarcasmo de sugerirle que “solamente muerto” saldría, la empujó un poco más al delirio de la resolución. “Por favor, aunque sea muerto, pero lo quiero entre mis brazos todo un día entero, confío en vos”. Había caído en un estado melancólico de tales características que la sola presencia vacía de su cuerpo se anteponía a cualquier lógica de comprensión clínica o terapéutica. Entonces todo estaba desbordado. La vida vacía e ilimitada del efecto del consumo de sustancias en el hijo, la razón insuficiente del placer actuado en el cuerpo de sus hijas, sin afectos ni palabas, su mujer perdiendo paulatinamente todo. En su cuerpo, la mano arrancada por completo de su esquema corporal hacía que su razón cayera con tanta vehemencia que lo arrastraba a él hasta lo profundo, hasta el borde, hasta la inhibición y la angustia.

“Como padre yo había tocado fondo, y como marido lo único sano para mí era decirle a todo que sí. Cuando  me pidió que lo traiga, le dije que se había vuelto loca del todo. Fue un gravísimo error, porque ahora ella no tenía límites ni conmigo ni con nadie. Yo aun no había aprendido a comprenderla. Yo era el padre del muchacho pero no quería ni verlo, después de todo lo que pasé, consideraba que ya no era mi hijo. Bastante tenía con las dos hijas que me quedaban y a pesar de que tampoco estaba conforme, al menos su trabajo era estable y se mantenían solas. Se habían alquilado un departamento lejos de casa. Tenían sus clientes fijos y con eso les bastaba. Yo no veía nada y entonces no me enteraba de lo que hacían o dejaban de hacer. No me pedían nada; ni plata ni nada y así estábamos a mano...”   

El hijo sabía que si ella enloquecía lo iba a estrangular, porque así lo había amenazado, en tantas peleas que tuvieron. Por eso la escena del disparo dibujó un diagrama de doble interpretación. Por un lado, había reducido a cero el riesgo del ahorcamiento, -ella había quedado con sólo una mano entera y un muñón ínfimo en la otra- y además lo pensaba como un escarmiento por haberse metido a revisar sus cosas; máxime porque se había metido con su ración de sustancia, lo único que aunque lo mataba de a poco lo mantenía vivo todos los días. Pero nada sería suficiente. Era su hijo y ella no claudicaría hasta conseguir lo que quería. Había pedido decenas de audiencias al juez. Al principio, lo hizo por lo carriles correctos a través del abogado, aunque el profesional decía que era improcedente realizar este tipo de pedido, que no tenía sentido. Ella seguía igual hacia adelante porque su instinto de madre así se lo dictaba. Luego pretendió hablar con los responsables de la unidad penitenciaria; menos procedente todavía. Ni siquiera el delito de cohecho la había detenido. Ensayaba cada fin de semana un soborno distinto, pero nada servía.  Ni dinero al guardia cárcel, ni soborno con directivos y responsables de las áreas, ni siquiera el ofrecimiento carnal de una de sus hijas, como si las entregara a cambio del pedido. Nada se podía hacer. Su hijo cumplía una condena y solamente podía estar con él el tiempo que duraba la visita semanal. Y ella no podía soportarlo. Quería tenerlo para ella sola más tiempo del permitido, quería tenerlo para sí siempre, a cada momento, cuando le placiera. Se le explicaba que si la conducta mejoraba y se mantenía, dentro de unos años podría tener alguna salida transitoria. Esto no sólo no la conformaba, sino que agravaba su exaltación y su furia hasta el extremo de la locura. Por eso el único recurso posible de negociar estaba dentro del sistema. Cualquier cosa podía ser negociable rejas adentro, incluso la fabricación ficticia de una reyerta interna entre varios para que hubiera una víctima fatal. Parecía una idea endiablada, lejos de la razón, pero eso no era lo más sustancial. Lo verdaderamente importante era que ella no se detendría ante nada, ni siquiera ante la posible muerte de su hijo con tal de abrazarlo sin mediar otra cosa que el infinito amor. Así fue. En un par de visitas hizo un arreglo macabro con algunos internos de la Unidad. En poco tiempo estaría listo el botín y preparado todo para que su hijo saliera definitivamente de la cárcel y ella lo tuviera para sí un día entero, aunque sea en su propio velatorio.
El hecho parecía que se iba a producir según lo pactado, sin publicidad, como la mayoría de estos acontecimientos, que se resuelven puertas adentro. El hombre -padre y esposo- mantenía la esperanza de que todo se diluyera como un pequeño canal de agua que se esfuma de a poco luego de una gran tormenta, pero el vendaval de la locura se había transformado en un diluvio que no podía detener. Tuvo que dejarse llevar por lo poco que quedaba en pie. A pesar de todo, él no estaba dispuesto a sostener una locura semejante. Cada cosa tenía que volver a su cauce y para eso había algunas cosas que necesitaban urgente intervención. Así es que tomó cartas en el asunto y medió entre los internos para que todo quedara sin efecto, aunque eso también tenía un costo, sólo que era mucho mayor.

"Mi ingenuidad me hizo creer que podría disuadir la situación en el interior del penal, pero nada estaba más alejado de la realidad. Fui con unos pocos billetes y algunos cigarros, pero aunque igualmente tuve que dejarlos, no sirvió de nada. El botín que ella había ofrecido era altísimo, incluso para mi poder adquisitivo, y mucho más para mi razón. Así es que ellos redoblaron la apuesta y quedé entre la espada y la pared; como entre dos fuegos cruzados, fui encerrado en la madriguera de los lobos, entre la realidad y mi destino…”

El trato entonces había que llevarlo a cabo de cualquier manera para detener lo que la madre había pactado previamente contra su hijo, y el precio era bastante alto. Ahora estaba preso en la complicidad del silencio, como la mayoría de las víctimas del sistema. Le encomendaron un “trabajo sucio” que refería a “limpiar” gente. Afuera -una palabra que se desdibujaba cada vez más- había algunas deudas pendientes que tenían que pagarse y él se prestó a ser intermediario en una batalla que no le correspondía pero que debía intervenir si quería salvar a su hijo. Creía que por sólo una vez nada cambiaría en su interior. Quería convencerse que no era un sicario ni un asesino a sueldo, sino que correría tenuemente una línea elástica y luego volvería a su estado original. Lo que no podía comprender es que desde hacía mucho tiempo ya se había pasado a este lado sombrío de la reja que dividía su interior, entre secreto y velado. Aunque presentía que esto le iba a costar un precio excesivo fue acomodando su cabeza a las circunstancias. Todo empezaba a tomar otra lógica dentro de sí, y creía que el tiempo podría suministrarle una cuota de augurio a este presente oscuro y medieval. Ahora sentía la necesidad - no la obligación- de hacer algo, y ante las pocas oportunidades de salir ileso de todo supuso que cumplir el trato era una de las pocas opciones válidas. A sus hijas ya no podía recordarlas como niñas, ni a su hijo como propio. A su mujer la desconocía cada vez más -de ella sólo quedaba la referencia al nombre- y su propia juventud se había borrado de la genealogía interior.
El mercado negro le suministró el arma, el temor por la vida de su hijo le dio el valor que no tenía, el exceso de alcohol y sustancias –que guardaba para casos extremos en que debía sostener a su hijo en momentos de abstinencia- hizo el resto. El último trago tenía el motivo de alejarlo de la realidad, pero al contrario, le abrió los ojos a una nueva claridad, a una forma distinta de comprender todo. Y esa luz entre pura y blanca, entre carnal y excesiva, le dejó abierta al deseo la puerta de su dormitorio. Por eso se aseguró de no dejas hilos sueltos en su vida fuera de las rejas carcelarias y ofrendó su razón al ritual de la locura de su esposa. Entró y cerró la puerta de la habitación donde dormía su esposa como si erigiera un mundo lacrado para sí mismo. Pensó que era imprescindible cerrar un ciclo que había caído de su vida desde hacía tiempo y sólo la pertenencia a un posible pasado lo obligaba a despedirse. Con un ritmo vacío de significación fue despojándose de cada fina capa de sí mismo, como si se desvistiera hasta la desnudez absoluta. El cuerpo de ella que parecía yacer inerte en la cama, conservaba una línea ínfima conectada a su fantasía, para que pudiera convencerlo que valía la pena dejar parte de sí en su interior. Sin posesión de nada que remitiera al afecto actual, al recuerdo grato o a la imaginación más ingenua, corrió el velo de la sábana y subió despacio a la cama. Aun sintiendo la temperatura natural de su cuerpo y la respiración imperceptible prefería no despertarla, por lo que su memoria lo ayudó a seguir uno a uno los pasos necesarios para entrar sin fantasmas como tantas veces, entre sueños profundos y desencuentros paulatinos, cada vez más presentes, cada vez más reales. El golpe seco entrando a su interior le despertó una ínfima llama, quizá la última.
Tenía la autoridad para la determinación que había tomado y el vaivén se desarrollaba casi mecánicamente. No había superstición ni culpa; no quedaba casi nada. No era la displicencia del puro acto instintivo ni la descarga sentida como una impertinencia, sino la necesidad de hacerlo, a pesar de todo. Era algo más allá del acontecimiento. La exaltación muscular contradecía la apatía con que su rostro acompañaba el movimiento. El otro cuerpo, el femenino, el que parecía flácido, empezó a tomar la tonalidad del placer privado en el cuerpo compartido y aunque parecía importar poco cuánta energía estaba fluyendo en ella, él lo sintió como una reiterada invasión a su vida. Ni siquiera el excedente de la medicación la había detenido. Ni siquiera desde la distancia astral donde parecía levitar en la sinrazón, había transformado su orgullo y su idiosincrasia. Ella tenía la obligación de quedarse quieta, callada, vacía, y dejar que él hiciera lo que correspondía porque ni la lujuria en su goce, ni la incontinencia en su pelvis dejaban lugar para unirlos en la sensatez de ese momento. La procacidad, la situación ni el evento sin afecto, la detuvieron; una franja de instinto que la rodeaba y la protegía del mundo le devolvió el juicio de la voluntad y refutaba la profanidad de cómo él había pensado esa invasión. Las sábanas sucias, la transpiración que olía a las toxinas de ambos cuerpos, el alcohol contenido en la saliva que se le escapaba entre los dientes emergían en la escena como una conjunción de todos los excesos juntos, cayendo en el rostro de ella y marcando un camino con final anunciado.
Esta vez él no iba a tolerarlo. Ahora restaba el último intento de justicia por todo lo perdido y no había otra alternativa que hacerla morir en su ley, por las continuas amenazas a su hijo, por la angustia que se anudaba en su garganta, por lo que se llevó de su vida en poco tiempo. Sus manos conocían la piel de ella a la perfección, antes por el amor que alguna vez tuvo -ahora por un apetito raro, desconocido- y porque sudaba la comprensión de los cuerpos desde siempre. Le acarició el rostro, pero para cerciorarse que aun permanecía respirando. La baba derramada desde los débiles músculos de su boca hasta ella dibujó un itinerario fugaz pero preciso. Unió cada gota con el dedo con un trazo deforme hasta llegar al cuello. Sentía cómo el aire cruzaba cada vez más rápido, impetuosamente, pero no lo soportó más. Apenas la presionó en la garganta, el aire dejó de entrar y sólo quedaron restos de sus dedos rodeando el cuello. La mitad de su vida se había terminado.
Salió decidido a pagar el precio acordado y se dejó llevar por el delgado hilo entre la justicia y la venganza. Entre el patrimonio de los sucios y el don de los que ejercen la razón. Eran dos hechos consumados y un destino del que sólo se esperaba que el tiempo dirima su futuro.

“A pesar de todo, fue tan triste la forma en que me lo pidió que no pude decirle que no. Por eso vine a buscarlo. Aun y ahora, ella lo está esperando…”

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 La casualidad -y un abogado con influencias al margen de la ley- quiso que las celdas estuvieran cerca y compartan el patio algunas tardes.
“Hace mucho que mamá no viene”.
“Estos días está haciendo frío, no le va a hacer bien…”

miércoles, 2 de mayo de 2012

24 de Abril: Un Año de Vida del Blog: "EL LIBRO DE LOS SALVADOS"

El martes 24 de abril se cumplió un  año de la apertura del blog literario "EL LIBRO DE LOS SALVADOS".
¡Un año ya! La verdad es que el tiempo me tomó por sorpresa.
Jamás "me había animado a pensar" que este momento podía llegar a producirse, como tampoco me imaginaba estar en un continuo proceso de producción literaria como el que ahora estoy cursando. 
Cuando hago un poco de memoria, me pregunto "cómo hice". Por supuesto, no encuentro respuesta.
Sólo recuerdo que el comienzo fue un trabajo muy complejo porque no sabía cómo empezar, ni mucho menos cómo podía seguir. Tener la continuidad de la escritura es un trabajo difícil, si uno no está continuamente en ejercicio. Así fue que empecé a escribir casi todos los días, "con regularidad circadiana" (como el personaje del relato "El espectador"). 
Por eso, al principio me animé a publicar en el blog algo del material que había estado preparando para distintas ocasiones, desde algunos ensayos académicos hasta escritos que surgieron en charlas con colegas y amigos, entre libros y cafés. Otros textos fueron correcciones de viejos trabajos que actualicé, y que también decidí compartirlo. Y empezaron a "aparecer" los amigos, fieles compañeros que con su aliento me animaban a confiar en mis convicciones "literarias" y me dictaban cómo seguir adelante (como "los fantasmas" lo hacían con el personaje de "Registro de defunciones")
Tuve la osadía de terminar la trilogía de poesía titulada "La Pasión de los Condenados", cuyo libro II da título a este blog ("El Libro de los Salvados").
Todos ustedes, con su compañía, con su apoyo y entusiasmo me incitan a seguir en este nuevo camino literario que es la producción de relatos y cuentos. Cada comentario, cada sugerencia (y varias correciones...) que me envían es fundamental para aprender y seguir creciendo. Muchos de ustedes se han tomado el trabajo de responderme a cada nuevo envío mío: todos esos mails están guardados, desde el primero hasta el último.  Muchos otros (muchísimos...) me hacen llegan sus comentarios por otras vías (personalmente o a través de amigos que me extienden sus saludos). Es decir, cada uno de ustedes está participando activamente en este espacio, y quiero invitarlos a que se sientan partícipes obligados de este blog.
Un año.
Un importante año para pensar en el compromiso de seguir creciendo, a cada instante, a cada momento, por cada uno que me acompaña y me alienta.
 
Mil gracias a todos por su amistad, por permitirme entrar -en un ratito de lectura- a cada uno de ustedes.
 
 
Germán Caporalini
 

martes, 10 de abril de 2012

FOTOS ROBADAS


En el vacío de las circunstancias de aquel día nadie se había mirado entre sí. El paso rítmico y acompasado se había detenido, tornándose una marcha desigual. Tampoco se percataron de eso, al contrario, el golpe imperfecto y atolondrado de los terrones de tierra sobre la madera pulida creó una música fúnebre y silenciosa. Apenas se rozaban los abrigos que por el frío se habían aunado en un bloque animal también sin vida. Eso fue todo. Alguien apuró la ceremonia apelmazando las notas de la sinfonía con paladas gruesas y continuadas y lo sacaron de una realidad interna que arrastró su conciencia a la gris fantasía diaria, al defecto de la intemperie y los desperdicios bajo sus pies.

La dama llegó sola, cubierta por el frío y la situación. Él estaba parado ahí, cerca y aunque no la vio llegar, la estaba esperando, como desde siempre.

- Llegás un poco tarde – dijo él.

-¿Me perdí algo?- dijo ella sin entornar el rostro, con los anteojos custodiando todo lo que sus ojos le irían pidiendo a medida que escudriñaba el cobarde malestar de los presentes.

-No- El reacomodó la postura sumamente erguida y ella permaneció inmutable bajo su semblante. Los anteojos oscuros, excesivos y el pañuelo blanco en la cabeza contradecían la situación. La poca presencia también contradecía la situación. Solamente ellos juntos, parecían insinuar ser el ejemplo perfecto. Quieran o no, debían estar a, quizá ausentes de sentimientos y congojas, pero sus cuerpos debían presenciar todo. Otra vez.

-¿Dijo algo importante?.


-Ah - susurró. La lengua hubiera podido simplemente acomodar el labial pero la sola mueca de relamerse la aturdía. El reclamo interno era injusto pero nada sabía de reclamos. Quizá hubiera propuesto un servicio gratuito fuera de horario a quien se le hubiese animado mirarla, pero nadie se atrevió. Un breve mugido cerrado bajo sus labios pletóricos, coralinos asintió el final y el sacerdote cerró libro.

Uno a uno fueron yéndose, no sin antes saludarlo ausentemente, casi sin compromiso, pero pasando al lado de ella sin reconocer la presencia y su absoluta femineidad envuelta en una infame máscara de luto y un costoso abrigo negro.

- Vamos a casa – dijo él y la tomó imperceptiblemente del hombro.

- Eso espero, acá hace mucho frío y hay pocas razones de estar -

Llegaron a la casa de él, sumamente ordenada, regida bajo una inusual pulcritud.

- Preparo café. Se dirigió hasta la cocina mientras ella dejaba el abrigo sobre el sofá y se detenía frente a la pequeña mesa en la que había fotos, adornos y el wisky sin abrir. El momentáneo silencio se vio atosigado  por el cuerpo que se escapó de la cocina, cruzando el dintel y asomándose al living para verla.

- Servite uno, te va a hacer bien con este frío.

- ¿En serio? - dijo ella socarronamente mientras él se disculpaba con la mirada.

El camino de vuelta los había llevado en silencio hasta su casa y recién ahora parecían reencontrarse después de todos estos años.

-¿Recibiste bien el mail? Fue breve -. Ella disolvió el alcohol de su boca en una inspiración sosegada.

- Unas líneas alcanzaban, no era necesario explayarte, no era para tanto.

- Tampoco seas a- dijo él.

-¿Cómo querés que sea? Ya recibí consejos y sermones en la escuela y en la iglesia.

Sin saber del otro, cada uno se había propuesto ser lo más flexible que pudiese pero los años de ausencia trajeron recuerdos sin comparación y desdibujaba la sangre que los unía.

Mientras hablaban sonó el teléfono pero prefirieron no cortar el escaso diálogo que pretendían sostener, como forzado, y el contestador se ocupó del resto. Una voz similar a la suya propuso dejar mensaje y seguidamente alguien se atrevió a hablar bajo una voz anciana, sosegada pidiéndole que lo visitase para hacerle entrega de algo que le pertenecía, pero además intentando redimir viejas culpas, negándose a su próximo fin tras una larga dolencia.

Ambos se detuvieron con el humeante pocillo a medio camino. Rápidamente entendieron sus actitudes cruzadas y se permitieron entonces continuar, no sin antes buscarse la mirada en sus rostros bajo un breve café amargo que apenas cruzó la garganta con silenciosa intensidad.

-¿Cómo está la ciudad? - preguntó él.

- Como todo, cayendo...

- ¿Seguís con la casa?

- ...Y con algunas chicas, pero el negocio ya no es el mismo - dijo ella, mientras dejaba la taza vacía y tras cruzar las piernas sensualmente aprontaba a sacar de su cartera la cigarrera.

- ¿Se puede fumar acá? - dijo ella deteniendo sus manos en el interior de la cartera.

Hoy  podés - dijo él y acercó un cenicero de cuidado cristal pero de escaso uso.

Tomá, lo vas a estrenar vos.

Todo un acontecimiento. ¿Seguís solo?

Como vos.

- ¿Vos qué sabés? - él la miró en un lapso profundo dejándola desnuda, advirtiéndole cuánto podía saber de ella. Trató de sostener la mirada pero no pudo y aspiró un antiquísimo nervio contenido, llevando la exhalación gris hasta la biblioteca.

- ¿Seguís escribiendo?

- A veces.

Él bebió otro delgado sorbo.

Quedaron el silencio, mediando el final del cigarrillo casi vacío y el pocillo de café.

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La puerta se abrió y una joven de amable sonrisa lo hizo pasar.

- Adelante, mi abuelo lo espera, gracias por venir.

- Gracias.

Lo invitó a pasar al estudio de su abuelo quien lo estaba esperando.

- Abuelo, el señor que esperabas.

El anciano en silla de ruedas giró y lo llamó con una mano lenta, casi añeja. Se acercó con recato como si entrar en una casa ajena implicaba de por sí alterar el orden doméstico.

- Pasa, vamos, pasa, siéntate.

Le pidió aceptar las comodidades del estudio donde lo recibió pero antes él se acercó para extenderle su mano. El anciano con una extraña impaciencia la tomó entre las suyas y lo invitó nuevamente a sentarse.

- Siento lo de tu padre, hubiera querido despedirlo.

- Gracias, es usted muy amable.

- No me agradezcas, era casi un deber. Sé que te habrá extrañado mi llamado pero para mí el tiempo pasa de otro modo y..., ya me ves, así como estoy nunca se sabe cuando será mi último día y pasaré al olvido.

- No exageres. El abuelo siempre agranda las cosas-. La nieta trajo una lujosa porcelana que parecía venir de tantos siglos atrás en una fina bandeja de plata, con café. Lo sirvió con una suave sonrisa que cayó sobre la atención de él, guardándola en su interior.

El anciano esgrimió levemente la mano negando la disculpa.

- No trates de ser amable, tengo más años que tú y te conozco bastante. Dirigió su mirada hacia él.

- Y a ti también te conozco bastante. Sí, no me mires extrañado. Fui amigo de tu padre y conocí su vida. Por eso te mandé llamar. Hay algo que quiero que guardes, te pertenece-.

- Qué contiene la caja?- Preguntó.

-Fotos… fotos robadas… ya comprenderás-.

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Las fotos robadas era una práctica común entre cierto grupo de personas, la mayoría proveniente de algún círculo cerrado de individuos que practicaban el arte del voyeurismo a través de la violación de la intimidad. Eran tomas fotográficas que se hacían sin el consentimiento de las personas que eran retratadas y correspondían a situaciones del orden de la intimidad y la privacidad. Una vez en su casa, llevó la caja hasta su habitación y la dejó sobre la cama.

Cuando abrió la caja lacrada y vio su contenido comprendió el sentido de esas palabras; se encontró con un universo distinto, casi más real que el suyo. Las fotos en cuestión eran tomadas a partir de espiar la vida interior de personas que -se suponía- llevaban una vida paralela, oculta de la vida cotidiana. En razón de esto, se contrataban los servicios de fotógrafos profesionales o amateurs para fotografiar todo cuanto de ellos se pueda obtener. Pero esta situación en poco tiempo dejó de respetarse y en cambio se fisgoneaba todo lo que entraba en la lente fotográfica. Ya no había pedidos expresos; si el teleobjetivo alcanzaba, la toma fotográfica se realizaba sin concesiones. Como no había moral puesta en cuestión, tampoco existía ética que reglara la circunstancia.

No era cualquier toma fotográfica, sino sólo aquellas que involucraba situaciones de índole privada referente a descubrir el pudor, sobre todo la desnudez y la vida sexual solitaria o activa en pareja. Toda piel desnuda era puesta bajo la obsecuente mirada de una lente de largo alcance, y en cada disparo, en cada apertura del obturador todo un mundo era retratado sin mediar nada más que el placer de la violación a la intimidad.

Empezó a comprender el porqué de las fotos robadas. Sabía que las fotos pertenecían a un bajo fondo, un mundo robado a otros. Solo eran aptas para la venta las que se relacionaban con lo que llamaban “las manías de interior”. En estos términos, según la dificultad o el nivel de privacidad que era expuesto se les asignaba un valor monetario, de cambio. Es decir, cuanto más osado era el trabajo fotográfico considerado desde la dificultad de realizar la toma, como así también el grado de privacidad que era violado, elevaba el precio de la fotografía. Valía mucho más si la foto era acompañada por su correspondiente negativo, lo que aseguraba que no hubiera más copias iguales en el mercado y le otorgaba valor de pieza única. Al principio el ámbito comercial estaba limitado a un par de burgueses venidos a menos, cuando sus familias comenzaron una debacle financiera que jamás pudieron remontar, desde el crack del ´30 hasta la devastación financiera que dejó la segunda guerra mundial por algunos negocios mal hechos. En aquellos tiempos varias fueron las razones. La inexperiencia comercial en el exterior, la falta de escrúpulos de algunas balanzas internacionales y otras situaciones sumadas dejaron inconclusos los sueños de prosperidad de los terratenientes de esa época. El bamboleo bursátil había echado por tierra a más de un incrédulo capitalista conservador al mismísimo desastre, del que sólo quedaba mantenerse a flote suponiéndose algo de dignidad al pertenecer a ciertos grupos esnobistas que consumían whiskies ilegales de baja calidad. Entonces preferían ocultarse en pequeños clubes privados llevando adelante prácticas y costumbres alternativas. Entre ellas, la colección  y el intercambio de las “fotos robadas” les parecía digno de ellos, cuya elevación se limitaba al humo de los cigarros baratos, en la impostura que mostraban cuando simulaban el placer de fumar uno de esos. Creían que el dinero perdido y el poder gastado aún les valían el mérito de la invasión expiatoria a la vida privada de cualquier persona desconocida o que consideraban de un nivel más bajo que el de ellos. Menos la propia. Bajo ningún concepto se permitían negociar su propia intimidad.

Pero las vidas paralelas son como las cicatrices, todos las ocultan aunque todos las tienen. No es la marca sino la historia escrita tras cada herida curada. Napoleón,  ante el ofrecimiento de un rudo esclavo repleto de marcas para alistarse a su ejército, optó por desecharlo diciendo: “prefiero alistar a quien le provocó esas heridas a tu esclavo”. Todo suceso relevante tiene una historia previa. Esas palabras que venía reteniendo, como mantenidas en vilo aun no tenían significación, pero les asomaba un sentido más allá de la comprensión actual.

No había límites porque no había reglas. Cualquier situación era válida y todo estaba permitido. Una cámara fotográfica, un lente teleobjetivo de largo alcance y tediosas jornadas de observación. En poco tiempo, los fotógrafos aficionados se convirtieron en verdaderos centinelas a la caza de la mejor toma fotográfica. Todo era posible fotografiarse porque todo era pasible de venderse. Desde encuentros amorosos en lugares inimaginables entre parientes de sangre,  seres ocultos en besos apasionados, hasta el chantajeo sexual entre patrones y empleadas domésticas, señores de doble vida atrapados in fraganti tras la ventana de algún departamento de soltero que aun conservaban siendo ya casados. Desde aristocráticas damas cometiendo el más bajo de los adulterios con algún pícaro comerciante de barrio hasta provocativos travestismos encubiertos. Sujetos perversos, patrones agresivos, maridos y esposas engañadores, chantajistas de burdo sexo y dudosa moralidad quedaban retratados en cada abrir y cerrar del obturador. Lo que parecía quedar oculto entre cuatro paredes era observado y fotografiado sin margen de error.

Tomó un manojo y las acomodó como un mazo de cartas, y las fue descubriendo como un juego tarótico y perverso a la vez. A medida que iban apareciendo una tras otra las separaba como islas descubiertas, semejando un gran plano desmembrado sobre la pulcra colcha. Parecía un adivinador que permanecía inmutable dilucidando algún misterio oculto. Ahora tenía en su cama a las mujeres que durante tantos años había ocultado su padre; ahora le pertenecían. Su parte perversa, su  polimorfia interior lo encontró como un hurón en su propia selva, husmeando la comida encontrada, su propio alimento esparcido por la cama; alimento nutriente, desnudo y también robado. Todo a su merced.

Si antes eran las fotos las que robaban las imágenes desprotegidas de otros, era él quien ahora robaba y empezaba desnudar una realidad que no se hubiera imaginado que existía. Observaba con minuciosidad cada cuerpo desnudo, cada pose, cada situación. Intentaba descubrir algún rostro conocido, como quien se busca a sí mismo, sabiéndose lejos, en otro mundo. Algunas fotos pertenecían a personas de alta sociedad, otras en cambio parecían ser gente de zonas marginales. Un puñado de víctimas del sistema que escribían su historia de otro modo, en asentamientos irregulares, sobreviviendo en complejos habitaciones donde la hacinamiento era el decorado único. Para él lo llamativo y dificultoso era tratar de ponerse de este lado de la lente, pensar a cada quien penetrado por la mirada ínfima de un haz de luz iluminando su desnudez, su deseo y su perversión; un satélite programado para describir una órbita particular, buscando vida en otro cosmos. Vida que empezaba a existir.

Muchas fotos se encontraban deterioradas y otras rotas. Le extrañó y se quedó buscando más allá; habría algo en las fotos que se estaba ocultando. Las sensaciones se revolvían en su estómago y empezaba a tener visiones extrañas. La mirada atenta le producía la sensación de movimiento, como si cada personaje tomara sangre y la dejase fluir. Una voz callada e interior le dictó los pasos hasta una caja guardada en un viejo armario en su casa, con fotografías familiares y evocación de ancestros irreconocibles.

Encontró muchas imágenes con memoria propia. Una vieja foto familiar los mostraba contenidos en los brazos de su madre, junto a sus dos hermanos; en otras estaba su padre aun joven con personas de su entorno, pero desconocidas para él. También reconoció a su hermano mayor siendo aún niño, con alguien más. Más adelante en el tiempo, su hermana. La nostalgia rememoró algunas situaciones incomprensibles. Su padre no soportaba saber que el hermano mayor miraba con otros ojos que no fueran los de un verdadero hermano a su hermana. Esto molestaba a todos en la casa pero no se hablaba del tema. Todo lo que pudiera rozar la incertidumbre de la situación, y las posibles o supuestas reacciones de su padre estaban teñidas de un silencio castrador. Los encuentros que se daban entre ellos estaban destinados al boicot por parte del padre. El malestar interior se mantenía fluyendo y empezaba a hacerle daño. Las fotos caían a la cama y volvían a sus manos. Repetían momentos pasados pero ahora cobraban vida en el presente, y permitían un rencuentro de sí mismo en su historia; historia familiar en la que estaba inmerso y de la que tanto trabajo le costaba salir, o al menos sostenerse. Animarse llevaría también esfuerzo y tragedia.

No recordaba mucho de aquellos tiempos. Era aun muy pequeño y sus hermanos eran ya adolescentes por lo que muchas cosas lo sobrevolaban, pero jamás llegaron a pisar su suelo. Su hermana, así todo, era sensual y muy delicada. Sin embargo los recuerdos que tenía eran un poco confusos. Ahora veía a aquel  niño menor que fue. Como pequeño, entró pocas veces en el dormitorio de su hermana, por ese temor de que los chicos tocan y rompen todo. La madre se sentía muy bien cuando el hermano mayor estaba la casa, se sentía protegida. Lo trataba como su propio hijo. El padre no era muy expresivo, sobre todo con ella, la hermana. Añoraba a su padre porque le prestaba más atención por ser el menor pero al hermano más grande lo tenía controlado. La cercanía de edad entre ellos (el mayor y su hermana) los hacía pasar mucho tiempo juntos, sin embargo de pronto algo cambió o fue cambiando, porque cuando el padre llegaba a casa lo primero que hacía era ir corriendo al dormitorio para ver qué estaban haciendo. El padre se mostraba irritable y era mejor evitarlo a enfrentarlo. Se encolerizaba con facilidad por cualquier cosa. Su vida fuera del hogar había tomado un rumbo raro, distinto. La madre le temía un poco.

Sin embargo los recuerdos que tenía de su hermana se presentaban un poco confusos. La recordaba vistiendo llamativamente; sin embargo, sólo se veía provocativa en su intimidad, como si se escondiera de algo o de alguien. Pasaba mucho tiempo espiándola por la cerradura de su dormitorio que estaba al lado de su habitación, cuando los padres estaban fuera de la casa y se quedaban con su hermana a solas.

El padre acostumbraba a beber sin excesos, pero con la certeza de que acto seguido descargaría una pesada historia sobre los hombros de la familia, como si su pasado fuera efecto y no causa de la presencia en el mundo. La madre no decía nada y sólo atinaba a dejarlo descargarse hasta que las cosas se ponían difíciles de sostener para todos. Entonces ella se dirigía a él en otro idioma, para que los hijos no comprendieran lo que dialogaban. Ninguno de los hijos entendía jamás de qué hablaban en esos momentos, pero algunas palabras parecían repetirse incansablemente. De pronto se vieron recitando casi textualmente frases enteras de sus conversaciones.

El hermano mayor era hijo del padre, fruto de un amor pasajero de adolescente. Comenzó a frecuentar desde su más tierna infancia el nuevo hogar constituido de su padre, pero a pesar de ser bien recibido por su familia “postiza” los celos siempre estuvieron presentes en los momentos en que podían demostrarse.

Si bien era cierto que había entre los hermanastros algunas diferencias en cuanto al trato de su padre hacia ellos, también era cierto que la adolescencia de este primer hijo lo encontró frente a una media hermana convirtiéndose poco a poco en una mujer a la cual no debía desear. Iba seguido a la casa y se quedaba varios días conviviendo con todos. El pequeño de los tres hermanos era mucho menor que él por lo que era poco el trato que tenían. Más bien la hermana fue la que estuvo más cerca, ya que se llevaban pocos años de diferencia, se querían y hablaban de “cosas que los niños no podían escuchar”, decían. Parecía que el mayor fuera a devorarla con la mirada porque clavaba sus ojos en ella y la perseguía por toda la casa. Ella los fascinaba –y los preocupaba- a todos. El padre la miraba ir y venir por toda la casa, luciéndose como en una pasarela privada para espectadores en una prohibida competencia por su atención donde el correr del tiempo y las circunstancias colmaron la incertidumbre. Así fue que siempre que fuera posible, el acercamiento se presentaba como una barrera permanente a franquear, sabiendo que del otro lado de esta barrera se encontraba el mundo de lo prohibido.

El hermano menor vivió de pequeño innumerables experiencias que aparecían en su memoria como restos de una infancia en la que se encontraban recuerdos nítidos pero indescifrables para él, guardados en su mente en un idioma inusual que sus padres frecuentaban usar para que los hijos no supieran qué cosas se hablaban en dichas charlas. Pero esto no sería todo. Un secreto familiar se encontraba oculto es estas palabras cifradas en su inconsciente. En las últimas épocas juntos antes de que ella viaje en forma definitiva al exterior, luego de la recuperación del menor (había perdido el habla durante un largo tiempo) ambos pasaban largas horas hablando. Él insistía en preguntarle de aquellas lejanas charlas entre los hermanos mayores, pero ella decía que no las recordaba, lo que dejaba entrever que las tenía presentes continuamente pero que de ello nada podía decirse. Sólo aclaraba que, salvo su madre, era el único que la entendía. El hermano mayor aunque joven adolescente conocía los códigos, entendía a su hermano y lo aceptaba, lo acompañaba y protegía. En su padre no había intrusión de pensamientos que no fueran los propios; él y su extraño grupo de amigos se creían seres virtuosos, aunque incluso el hombre más virtuoso cae en las redes de sus propias miserias. Ésta no era la excepción.

Siguió mirando una tras otra una cantidad de fotos que se empezaban a mezclar, entre las viejas fotos que tenía guardadas y las nuevas que sacaba de la caja. Entre tantas se detuvo en una. La foto en mano le abrió un portal a los recuerdos de su niñez; cerró los ojos y retrocedió en el tiempo. Aquel día estaban todos. El mayor se encontraba leyendo en el living, la esposa estaba en sus quehaceres domésticos y los otros dos se encontraban en la planta alta de la casa, cada cual en su habitación.

El hombre entró ofuscado a la casa, dejando muestras a su paso de la situación que traía entre manos. Cerró de un inmenso golpe la puerta mientras enumeraba los más inverosímiles insultos que emergían de su alma. Recorrió las escaleras pisando fuerte y se dirigió a la habitación de su hijo Damián. El vertiginoso ascenso se condecía con la ofuscación y la bronca que iba creciendo sin control. Era capaz de todo porque parecía que nada podía ser peor para él. Como no había límites tampoco existían los riesgos ni la consideración de detenerse ante nada. El otro hijo, el mayor, lo vio entrar en tal estado de ira que dejó el libro que estaba leyendo en el living y trató de alcanzarlo y calmarlo. Fue imposible. Sólo le bastó intentar tomarlo del brazo para que de un golpe perdiera el equilibrio en la escalera y cayera rodando varios escalones abajo. Se incorporó al instante pero su padre ya estaba lejos. Los gritos asustaban pero ninguno se espantó ni se escondió. Todos tenían algo interior que estaba desde siempre acostumbrándose al exceso, aunque en el padre ya se había borrado el umbral y la saturación. El odio le había consumido gran parte de su humanidad y su decoro. Ahora habría una suerte de belicosidad desbocada que parecía controlar cada movimiento, porque abrió de una patada la puerta del dormitorio de su hijo Damián y sin mediar más palabra que un insulto le dio un profundo golpe con toda su verdad, dejando al joven sin poder reaccionar ni comprender qué ocurría. No tuvo tiempo ni lucidez para suponer, cayó sobre la cama con el peso de su cuerpo desplomado y de la circunstancia. Mientras le seguía gritando le arrojó enérgicamente las fotos en que se lo veía a su hijo posando ropa de mujer frente a un espejo en su habitación. La escena se desfiguró en el ambiente como si el choque certero de un puño contra un rostro desfasara toda lógica de percepción. Las consecuencias no se medían, todo era puro acto atemporal. Era una imagen instantánea tras otra, como si llovieran cientos de fotogramas individuales cubriendo el piso de la habitación. A pesar de la sangre que salió de su boca y estampó un sello sobre la almohada, no reconoció riesgo porque no sentía culpa, y mucho menos suponía todo como un castigo hacia él. Fue algo tan rápido que nadie pudo suponer nada de lo que estaba aconteciendo.

El menor, que se encontraba en su dormitorio se asustó de tal modo que reaccionó sin control, y en vez de esconderse o quedarse inmóvil, salió hasta la habitación contigua para ver qué pasaba.

Cada uno se lanzó dentro de la situación en un puro acto reflejo sin poder decir nada. El forcejeo en la escalera, la borrosa aparición de la madre, el hijo menor escudriñando todo, la inhibición y la angustia en la intromisión violenta a su intimidad y su dormitorio. Las voces elevaban el tono y la intención del insulto, el reclamo sin el consentimiento de una demanda justificada, algo que medie u oficie de nexo de amor filial y paternal entre ambos.

Se lo había fotografiado maquillándose, moviéndose de un lado a otro como modelando. Se había supuesto mirado como se mira a una mujer, con deseo, con pasión, con sexo. La situación había sido plasmada en una fotografía y por desgracia – o destino- había llegado a cobrarse facturas inconclusas a manos de su padre. Habían robado parte de su intimidad pero no de su historia. Mordió la almohada con bronca, con deseo, con el anhelo de una sensación por venir, nueva, esperada. Sabía que desde ese momento las cosas ya no serían como antes. Por fin algo empezaba a cambiar.

- Me querés decir qué es esto, vestido de nena, pintadito, probándote ropa de tu madre? Decime que te pasa por la cabeza, querés ser una nena?

Los tres que aun estaban por entrar en escena, los hermanos y atrás la madre, no podían hacer mucho más que intentos sin fundamento. El mayor quiso detenerlo nuevamente pero recibió otro golpe y cayó fuera de la habitación. Insultó a su esposa, y la incriminó de todos los males de la tierra.

-Esto es tu culpa de que sea una mariquita con tu ropa, ¡infeliz…! inservible…! no servís ni para hacer hijos normales-. Luego de un certero cachetazo la empujó tirándola al suelo. Quedó inhibida, volcada, sin poder moverse.

Como siempre, su madre le escapaba al valor que necesitaba. A lo mejor era hora de cambiar pero no sabía si podía hacerlo. A veces el castigo nunca era suficiente, por eso se detenía sin pensar que la voluntad agresiva también puede salvar vidas. Entonces callaba. No era por miedo físico sino por el temor a descubrir que estaba desde siempre con un pobre tipo con quien pasaba jornadas enteras sin cruzarse una sola frase, un hombre vacío incluso de palabras, en un espacio vacío de su alma. Había momentos en que sus pulmones parecían implotados, sentía permanecer inerte en el espacio y suspendida en el tiempo. Lo único emergente era la obligación de haber hecho algo con su vida propia. Ese estado vacío, puro e infinito no tenía otra secuencia temporal que la suposición de presencias anheladas pero nunca ciertas, una fantasía que la acercaba a un bienestar ficticio, con el deseo como consagración de que se produzca el menor desencuentro posible entre ellos. Aunque nunca le alcanzó imaginar el absurdo de que la vida es gloriosa para los condenados y malditos –como su esposo-  esto no la conformaba pero la contenía. A veces lloraba porque para ella un final feliz era sin él, viéndolo revolcarse en su propia mugre, pero también sabía que era un deseo mediocre. Al final uno se mal acostumbra a los caprichos más mundanos, aunque no les pertenezcan. En esa costumbre se fue apagando de a poco.

Por eso cuando el hombre intentó golpearla nuevamente, ella sintió la vastedad del espacio de las cuatro paredes, pero necesitó igualmente creer que la opresión era cada vez mayor, o supuso comprender la situación, la sensación que le aparecía en la piel erizada. La casualidad del golpe y la caída (o el deseo oculto en la memoria genética de su cuerpo) volvieron a dejarla boca abajo, como sabiendo que la misma postura serviría para el sometimiento de todos en la familia. Ella lo miró a Damián tumbado en la cama boca abajo y en el cruce de miradas el hombre tuvo la idea. Se volvió a Damián y lo embistió como si fuera a caer sobre él con todo el cuerpo.

-¿Vos querés ser una nena? Yo te voy a enseñar a ser una nena-. Los nervios le complicaban los movimientos. Se movía como una marioneta queriendo cobrar vida. Intentó bajarse los pantalones y se acercó para quitárselos a Damián, que seguía boca abajo inmóvil. Forcejeó y quedó parte de su cuerpo desnudo y expuesto, casi tumbado sobre él. Le susurró una provocación sin bordes, sin errores. Era una sugerencia lejos de la tentación, pero a Damián así le parecía, porque el ruido blanco de la respiración en la nuca había abierto un portal que parecía infranqueable, pero que hubiera sido atravesado con sólo empujar la puerta dulcemente. En la cama todo parecía suceder vertiginosamente; fuera de la escena el tiempo era eterno. Ya recuperado del golpe que lo sacó de la habitación entró el hermano mayor e intentó quitar a su padre de encima de Damián.

-Estas loco, qué te pasa, que querés hacer?- Tomó a su padre como pudo, de la ropa, del brazo, de la sinrazón misma. Se dio vuelta para quitar al hijo mayor de encima suyo y en la locura perdió el equilibrio y se cayó contra una mesa pequeña, donde estaba la tijera con la cual rato antes Damián había querido recortar su cabello, como lo hacía regularmente. Tomó la tijera, no para atacar o defenderse sino para mostrar quién tenía derecho a quedarse, y sin mediar el error o el descuido no tuvo otra opción que clavársela al mayor en el pecho, como un puñal. Esa escena paralizó a todos, mientras un hilo imperceptible de sangre empezaba a brotar por la tijera clavada y se dejaba correr por su mano. El hijo se tomó de la tijera con la poca fuerza que le quedaba como si ahora fuera parte de él y lentamente cayó al piso, quedando insensiblemente tumbado boca abajo.

Nadie atinó a moverse. Sólo el pequeño hermano se agachó despacio para tomar del suelo una de las fotos que cayó a sus pies. La imagen quedó grabada en su mente sin poder borrarse del recuerdo. Ahora, casi veinte años después, la misma imagen que ahora tenía entre sus manos emergía entre los muertos como un gran capitán amarrado a su ballena blanca. Era una imagen; no había palabras. Era aquella foto caída a sus pies; era una entre tantas elegidas de una caja de decenas de fotografías robadas. Era el rostro de su hermano Damián que sonreía en la foto e iba tomando los rasgos de su hermana, la que hacía unas horas había estado en su casa, cerrando su historia y yéndose de vuelta a su París actual, que la cobijó sin preguntarle nada a su pasado y la dejó ser lo que deseó siempre. Ni el Damián de su infancia, ni la “damita” como lo llamaban en su barrio, ni nada que tuviera que ver con lo que habría degradado su padre, vejándolo. Para ella la muerte de su padre fue un alivio a medias, porque ya lo había matado mucho tiempo antes, allá en el olvido, allá en su habitación entre el golpe en su rostro y el intento frustrado de someterlo, cuando la poca fortuna se llevó a su hermano. Era sólo lo que quería ser, Damaris, el nombre que eligió y lo adoptó en su nueva vida, lejos. Su hermano menor, ahora rodeado de historia y de fotos entendió por qué esto marcó el resto de su vida.

También recordó que durante los próximos años luego de este suceso - del padre violento, del hermano muerto, de la madre resignada a la quietud- él estuvo sin habla, retirado del mundo de los afectos, viviendo sólo eso, un puro acto de presencia vacía, una imagen, una figura callada, una permanencia inmóvil. Sólo ahora retumbaban nuevamente los vocablos ininteligibles de sus padres discutiendo en francés, un idioma que ahora siendo mayor comprendía casi sin errores, una lengua familiar que Damián había estudiado de niño y que dominada a la perfección. -Esto alguna vez te salvará- le dijo su madre, allá en el tiempo.

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Dos voces transatlánticas se conectaron por teléfono.

- Eran las fotos, cierto?

-Como sabias…?

-Que otra cosa podía ser…

-Por qué no me dijiste nada?

-Qué sentido tenía…? Vos eras tan chico… te fuiste tan adentro tuyo durante años y yo lo más lejos posible…no era necesario, no era tu historia…

-Sí lo era, y lo es aun…

-Si a vos te parece… podés llevarle unas flores…