En el
vacío de las circunstancias de aquel día nadie se había mirado entre sí. El
paso rítmico y acompasado se había detenido, tornándose una marcha desigual.
Tampoco se percataron de eso, al contrario, el golpe imperfecto y atolondrado
de los terrones de tierra sobre la madera pulida creó una música fúnebre y
silenciosa. Apenas se rozaban los abrigos que por el frío se habían aunado en
un bloque animal también sin vida. Eso fue todo. Alguien apuró la ceremonia
apelmazando las notas de la sinfonía con paladas gruesas y continuadas y lo
sacaron de una realidad interna que arrastró su conciencia a la gris fantasía
diaria, al defecto de la intemperie y los desperdicios bajo sus pies.
La
dama llegó sola, cubierta por el frío y la situación. Él estaba parado ahí,
cerca y aunque no la vio llegar, la estaba esperando, como desde siempre.
- Llegás un poco tarde – dijo él.
-¿Me perdí algo?- dijo ella sin entornar el rostro,
con los anteojos custodiando todo lo que sus ojos le irían pidiendo a medida
que escudriñaba el cobarde malestar de los presentes.
Uno a uno fueron yéndose, no sin antes saludarlo
ausentemente, casi sin compromiso, pero pasando al lado de ella sin reconocer
la presencia y su absoluta femineidad envuelta en una infame máscara de luto y
un costoso abrigo negro.
- Vamos a casa – dijo él y la tomó
imperceptiblemente del hombro.
- Eso espero, acá hace mucho frío y hay pocas
razones de estar -
Llegaron a la casa de él, sumamente ordenada, regida
bajo una inusual pulcritud.
- Preparo café. Se dirigió hasta la cocina mientras
ella dejaba el abrigo sobre el sofá y se detenía frente a la pequeña mesa en la
que había fotos, adornos y el wisky sin abrir. El momentáneo silencio se vio
atosigado por el cuerpo que se escapó de
la cocina, cruzando el dintel y asomándose al living para verla.
- Servite uno, te va a hacer bien con este frío.
- ¿En serio? - dijo ella socarronamente mientras él
se disculpaba con la mirada.
El
camino de vuelta los había llevado en silencio hasta su casa y recién ahora
parecían reencontrarse después de todos estos años.
Mientras
hablaban sonó el teléfono pero prefirieron no cortar el escaso diálogo que
pretendían sostener, como forzado, y el contestador se ocupó del resto. Una voz
similar a la suya propuso dejar mensaje y seguidamente alguien se atrevió a
hablar bajo una voz anciana, sosegada pidiéndole que lo visitase para hacerle
entrega de algo que le pertenecía, pero además intentando redimir viejas
culpas, negándose a su próximo fin tras una larga dolencia.
Ambos
se detuvieron con el humeante pocillo a medio camino. Rápidamente entendieron
sus actitudes cruzadas y se permitieron entonces continuar, no sin antes
buscarse la mirada en sus rostros bajo un breve café amargo que apenas cruzó la
garganta con silenciosa intensidad.
-¿Cómo
está la ciudad? - preguntó él.
- Como
todo, cayendo...
-
¿Seguís con la casa?
- ...Y
con algunas chicas, pero el negocio ya no es el mismo - dijo ella, mientras
dejaba la taza vacía y tras cruzar las piernas sensualmente aprontaba a sacar
de su cartera la cigarrera.
- ¿Se
puede fumar acá? - dijo ella deteniendo sus manos en el interior de la cartera.
Hoy podés - dijo él y acercó un cenicero de
cuidado cristal pero de escaso uso.
Tomá,
lo vas a estrenar vos.
Todo
un acontecimiento. ¿Seguís solo?
Como
vos.
- ¿Vos
qué sabés? - él la miró en un lapso profundo dejándola desnuda, advirtiéndole
cuánto podía saber de ella. Trató de sostener la mirada pero no pudo y aspiró
un antiquísimo nervio contenido, llevando la exhalación gris hasta la
biblioteca.
-
¿Seguís escribiendo?
- A
veces.
Él
bebió otro delgado sorbo.
Quedaron
el silencio, mediando el final del cigarrillo casi vacío y el pocillo de café.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------
La
puerta se abrió y una joven de amable sonrisa lo hizo pasar.
-
Adelante, mi abuelo lo espera, gracias por venir.
-
Gracias.
Lo
invitó a pasar al estudio de su abuelo quien lo estaba esperando.
-
Abuelo, el señor que esperabas.
El
anciano en silla de ruedas giró y lo llamó con una mano lenta, casi añeja. Se
acercó con recato como si entrar en una casa ajena implicaba de por sí alterar
el orden doméstico.
-
Pasa, vamos, pasa, siéntate.
Le
pidió aceptar las comodidades del estudio donde lo recibió pero antes él se
acercó para extenderle su mano. El anciano con una extraña impaciencia la tomó
entre las suyas y lo invitó nuevamente a sentarse.
-
Siento lo de tu padre, hubiera querido despedirlo.
-
Gracias, es usted muy amable.
- No
me agradezcas, era casi un deber. Sé que te habrá extrañado mi llamado pero
para mí el tiempo pasa de otro modo y..., ya me ves, así como estoy nunca se
sabe cuando será mi último día y pasaré al olvido.
- No
exageres. El abuelo siempre agranda las cosas-. La nieta trajo una lujosa
porcelana que parecía venir de tantos siglos atrás en una fina bandeja de
plata, con café. Lo sirvió con una suave sonrisa que cayó sobre la atención de
él, guardándola en su interior.
El
anciano esgrimió levemente la mano negando la disculpa.
- No
trates de ser amable, tengo más años que tú y te conozco bastante. Dirigió su
mirada hacia él.
- Y a
ti también te conozco bastante. Sí, no me mires extrañado. Fui amigo de tu
padre y conocí su vida. Por eso te mandé llamar. Hay algo que quiero que
guardes, te pertenece-.
- Qué
contiene la caja?- Preguntó.
-Fotos…
fotos robadas… ya comprenderás-.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Las
fotos robadas era una práctica común entre cierto grupo de personas, la mayoría
proveniente de algún círculo cerrado de individuos que practicaban el arte del
voyeurismo a través de la violación de la intimidad. Eran tomas fotográficas
que se hacían sin el consentimiento de las personas que eran retratadas y
correspondían a situaciones del orden de la intimidad y la privacidad. Una vez
en su casa, llevó la caja hasta su habitación y la dejó sobre la cama.
Cuando
abrió la caja lacrada y vio su contenido comprendió el sentido de esas palabras;
se encontró con un universo distinto, casi más real que el suyo. Las fotos en
cuestión eran tomadas a partir de espiar la vida interior de personas que -se
suponía- llevaban una vida paralela, oculta de la vida cotidiana. En razón de
esto, se contrataban los servicios de fotógrafos profesionales o amateurs para
fotografiar todo cuanto de ellos se pueda obtener. Pero esta situación en poco
tiempo dejó de respetarse y en cambio se fisgoneaba todo lo que entraba en la
lente fotográfica. Ya no había pedidos expresos; si el teleobjetivo alcanzaba,
la toma fotográfica se realizaba sin concesiones. Como no había moral puesta en
cuestión, tampoco existía ética que reglara la circunstancia.
No era
cualquier toma fotográfica, sino sólo aquellas que involucraba situaciones de
índole privada referente a descubrir el pudor, sobre todo la desnudez y la vida
sexual solitaria o activa en pareja. Toda piel desnuda era puesta bajo la
obsecuente mirada de una lente de largo alcance, y en cada disparo, en cada
apertura del obturador todo un mundo era retratado sin mediar nada más que el
placer de la violación a la intimidad.
Empezó
a comprender el porqué de las fotos robadas. Sabía que las fotos pertenecían a
un bajo fondo, un mundo robado a otros. Solo eran aptas para la venta las que
se relacionaban con lo que llamaban “las manías de interior”. En estos
términos, según la dificultad o el nivel de privacidad que era expuesto se les
asignaba un valor monetario, de cambio. Es decir, cuanto más osado era el
trabajo fotográfico considerado desde la dificultad de realizar la toma, como
así también el grado de privacidad que era violado, elevaba el precio de la
fotografía. Valía mucho más si la foto era acompañada por su correspondiente
negativo, lo que aseguraba que no hubiera más copias iguales en el mercado y le
otorgaba valor de pieza única. Al principio el ámbito comercial estaba limitado
a un par de burgueses venidos a menos, cuando sus familias comenzaron una
debacle financiera que jamás pudieron remontar, desde el crack del ´30 hasta la
devastación financiera que dejó la segunda guerra mundial por algunos negocios
mal hechos. En aquellos tiempos varias fueron las razones. La inexperiencia
comercial en el exterior, la falta de escrúpulos de algunas balanzas
internacionales y otras situaciones sumadas dejaron inconclusos los sueños de
prosperidad de los terratenientes de esa época. El bamboleo bursátil había
echado por tierra a más de un incrédulo capitalista conservador al mismísimo
desastre, del que sólo quedaba mantenerse a flote suponiéndose algo de dignidad
al pertenecer a ciertos grupos esnobistas que consumían whiskies ilegales de
baja calidad. Entonces preferían ocultarse en pequeños clubes privados llevando
adelante prácticas y costumbres alternativas. Entre ellas, la colección y el intercambio de las “fotos robadas” les
parecía digno de ellos, cuya elevación se limitaba al humo de los cigarros
baratos, en la impostura que mostraban cuando simulaban el placer de fumar uno
de esos. Creían que el dinero perdido y el poder gastado aún les valían el
mérito de la invasión expiatoria a la vida privada de cualquier persona
desconocida o que consideraban de un nivel más bajo que el de ellos. Menos la
propia. Bajo ningún concepto se permitían negociar su propia intimidad.
Pero
las vidas paralelas son como las cicatrices, todos las ocultan aunque todos las
tienen. No es la marca sino la historia escrita tras cada herida curada.
Napoleón, ante el ofrecimiento de un
rudo esclavo repleto de marcas para alistarse a su ejército, optó por
desecharlo diciendo: “prefiero alistar a quien le provocó esas heridas a tu
esclavo”. Todo suceso relevante tiene una historia previa. Esas palabras que
venía reteniendo, como mantenidas en vilo aun no tenían significación, pero les
asomaba un sentido más allá de la comprensión actual.
No
había límites porque no había reglas. Cualquier situación era válida y todo
estaba permitido. Una cámara fotográfica, un lente teleobjetivo de largo
alcance y tediosas jornadas de observación. En poco tiempo, los fotógrafos
aficionados se convirtieron en verdaderos centinelas a la caza de la mejor toma
fotográfica. Todo era posible fotografiarse porque todo era pasible de
venderse. Desde encuentros amorosos en lugares inimaginables entre parientes de
sangre, seres ocultos en besos
apasionados, hasta el chantajeo sexual entre patrones y empleadas domésticas,
señores de doble vida atrapados in fraganti tras la ventana de algún
departamento de soltero que aun conservaban siendo ya casados. Desde
aristocráticas damas cometiendo el más bajo de los adulterios con algún pícaro
comerciante de barrio hasta provocativos travestismos encubiertos. Sujetos
perversos, patrones agresivos, maridos y esposas engañadores, chantajistas de
burdo sexo y dudosa moralidad quedaban retratados en cada abrir y cerrar del
obturador. Lo que parecía quedar oculto entre cuatro paredes era observado y
fotografiado sin margen de error.
Tomó
un manojo y las acomodó como un mazo de cartas, y las fue descubriendo como un
juego tarótico y perverso a la vez. A medida que iban apareciendo una tras otra
las separaba como islas descubiertas, semejando un gran plano desmembrado sobre
la pulcra colcha. Parecía un adivinador que permanecía inmutable dilucidando
algún misterio oculto. Ahora tenía en su cama a las mujeres que durante tantos
años había ocultado su padre; ahora le pertenecían. Su parte perversa, su polimorfia interior lo encontró como un hurón
en su propia selva, husmeando la comida encontrada, su propio alimento
esparcido por la cama; alimento nutriente, desnudo y también robado. Todo a su
merced.
Si
antes eran las fotos las que robaban las imágenes desprotegidas de otros, era
él quien ahora robaba y empezaba desnudar una realidad que no se hubiera
imaginado que existía. Observaba con minuciosidad cada cuerpo desnudo, cada
pose, cada situación. Intentaba descubrir algún rostro conocido, como quien se
busca a sí mismo, sabiéndose lejos, en otro mundo. Algunas fotos pertenecían a
personas de alta sociedad, otras en cambio parecían ser gente de zonas marginales.
Un puñado de víctimas del sistema que escribían su historia de otro modo, en
asentamientos irregulares, sobreviviendo en complejos habitaciones donde la
hacinamiento era el decorado único. Para él lo llamativo y dificultoso era
tratar de ponerse de este lado de la lente, pensar a cada quien penetrado por
la mirada ínfima de un haz de luz iluminando su desnudez, su deseo y su
perversión; un satélite programado para describir una órbita particular,
buscando vida en otro cosmos. Vida que empezaba a existir.
Muchas
fotos se encontraban deterioradas y otras rotas. Le extrañó y se quedó buscando
más allá; habría algo en las fotos que se estaba ocultando. Las sensaciones se
revolvían en su estómago y empezaba a tener visiones extrañas. La mirada atenta
le producía la sensación de movimiento, como si cada personaje tomara sangre y
la dejase fluir. Una voz callada e interior le dictó los pasos hasta una caja
guardada en un viejo armario en su casa, con fotografías familiares y evocación
de ancestros irreconocibles.
Encontró
muchas imágenes con memoria propia. Una vieja foto familiar los mostraba
contenidos en los brazos de su madre, junto a sus dos hermanos; en otras estaba
su padre aun joven con personas de su entorno, pero desconocidas para él.
También reconoció a su hermano mayor siendo aún niño, con alguien más. Más
adelante en el tiempo, su hermana. La nostalgia rememoró algunas situaciones
incomprensibles. Su padre no soportaba saber que el hermano mayor miraba con
otros ojos que no fueran los de un verdadero hermano a su hermana. Esto
molestaba a todos en la casa pero no se hablaba del tema. Todo lo que pudiera
rozar la incertidumbre de la situación, y las posibles o supuestas reacciones
de su padre estaban teñidas de un silencio castrador. Los encuentros que se
daban entre ellos estaban destinados al boicot por parte del padre. El malestar
interior se mantenía fluyendo y empezaba a hacerle daño. Las fotos caían a la
cama y volvían a sus manos. Repetían momentos pasados pero ahora cobraban vida
en el presente, y permitían un rencuentro de sí mismo en su historia; historia
familiar en la que estaba inmerso y de la que tanto trabajo le costaba salir, o
al menos sostenerse. Animarse llevaría también esfuerzo y tragedia.
No recordaba mucho de aquellos tiempos.
Era aun muy pequeño y sus hermanos eran ya adolescentes por lo que muchas cosas
lo sobrevolaban, pero jamás llegaron a pisar su suelo. Su hermana, así todo,
era sensual y muy delicada. Sin embargo los recuerdos que tenía eran un poco
confusos. Ahora veía a aquel niño menor
que fue. Como pequeño, entró pocas veces en el dormitorio de su hermana, por
ese temor de que los chicos tocan y rompen todo. La madre se sentía muy bien
cuando el hermano mayor estaba la casa, se sentía protegida. Lo trataba como su
propio hijo. El padre no era muy expresivo, sobre todo con ella, la hermana.
Añoraba a su padre porque le prestaba más atención por ser el menor pero al
hermano más grande lo tenía controlado. La cercanía de edad entre ellos (el
mayor y su hermana) los hacía pasar mucho tiempo juntos, sin embargo de pronto
algo cambió o fue cambiando, porque cuando el padre llegaba a casa lo primero
que hacía era ir corriendo al dormitorio para ver qué estaban haciendo. El
padre se mostraba irritable y era mejor evitarlo a enfrentarlo. Se encolerizaba
con facilidad por cualquier cosa. Su vida fuera del hogar había tomado un rumbo
raro, distinto. La madre le temía un poco.
Sin
embargo los recuerdos que tenía de su hermana se presentaban un poco confusos.
La recordaba vistiendo llamativamente; sin embargo, sólo se veía provocativa en
su intimidad, como si se escondiera de algo o de alguien. Pasaba mucho tiempo
espiándola por la cerradura de su dormitorio que estaba al lado de su
habitación, cuando los padres estaban fuera de la casa y se quedaban con su
hermana a solas.
El
padre acostumbraba a beber sin excesos, pero con la certeza de que acto seguido
descargaría una pesada historia sobre los hombros de la familia, como si su
pasado fuera efecto y no causa de la presencia en el mundo. La madre no decía
nada y sólo atinaba a dejarlo descargarse hasta que las cosas se ponían
difíciles de sostener para todos. Entonces ella se dirigía a él en otro idioma,
para que los hijos no comprendieran lo que dialogaban. Ninguno de los hijos entendía
jamás de qué hablaban en esos momentos, pero algunas palabras parecían
repetirse incansablemente. De pronto se vieron recitando casi textualmente
frases enteras de sus conversaciones.
El
hermano mayor era hijo del padre, fruto de un amor pasajero de adolescente.
Comenzó a frecuentar desde su más tierna infancia el nuevo hogar constituido de
su padre, pero a pesar de ser bien recibido por su familia “postiza” los celos
siempre estuvieron presentes en los momentos en que podían demostrarse.
Si
bien era cierto que había entre los hermanastros algunas diferencias en cuanto
al trato de su padre hacia ellos, también era cierto que la adolescencia de
este primer hijo lo encontró frente a una media hermana convirtiéndose poco a
poco en una mujer a la cual no debía desear. Iba seguido a la casa y se quedaba
varios días conviviendo con todos. El pequeño de los tres hermanos era mucho
menor que él por lo que era poco el trato que tenían. Más bien la hermana fue
la que estuvo más cerca, ya que se llevaban pocos años de diferencia, se
querían y hablaban de “cosas que los niños no podían escuchar”, decían. Parecía
que el mayor fuera a devorarla con la mirada porque clavaba sus ojos en ella y
la perseguía por toda la casa. Ella los fascinaba –y los preocupaba- a todos.
El padre la miraba ir y venir por toda la casa, luciéndose como en una pasarela
privada para espectadores en una prohibida competencia por su atención donde el
correr del tiempo y las circunstancias colmaron la incertidumbre. Así fue que
siempre que fuera posible, el acercamiento se presentaba como una barrera
permanente a franquear, sabiendo que del otro lado de esta barrera se
encontraba el mundo de lo prohibido.
El
hermano menor vivió de pequeño innumerables experiencias que aparecían en su
memoria como restos de una infancia en la que se encontraban recuerdos nítidos
pero indescifrables para él, guardados en su mente en un idioma inusual que sus
padres frecuentaban usar para que los hijos no supieran qué cosas se hablaban
en dichas charlas. Pero esto no sería todo. Un secreto familiar se encontraba
oculto es estas palabras cifradas en su inconsciente. En las últimas épocas
juntos antes de que ella viaje en forma definitiva al exterior, luego de la
recuperación del menor (había perdido el habla durante un largo tiempo) ambos
pasaban largas horas hablando. Él insistía en preguntarle de aquellas lejanas
charlas entre los hermanos mayores, pero ella decía que no las recordaba, lo
que dejaba entrever que las tenía presentes continuamente pero que de ello nada
podía decirse. Sólo aclaraba que, salvo su madre, era el único que la entendía.
El hermano mayor aunque joven adolescente conocía los códigos, entendía a su
hermano y lo aceptaba, lo acompañaba y protegía. En su padre no había intrusión
de pensamientos que no fueran los propios; él y su extraño grupo de amigos se
creían seres virtuosos, aunque incluso el hombre más virtuoso cae en las redes
de sus propias miserias. Ésta no era la excepción.
Siguió
mirando una tras otra una cantidad de fotos que se empezaban a mezclar, entre
las viejas fotos que tenía guardadas y las nuevas que sacaba de la caja. Entre
tantas se detuvo en una. La foto en mano le abrió un portal a los recuerdos de
su niñez; cerró los ojos y retrocedió en el tiempo. Aquel día estaban todos. El
mayor se encontraba leyendo en el living, la esposa estaba en sus quehaceres
domésticos y los otros dos se encontraban en la planta alta de la casa, cada
cual en su habitación.
El
hombre entró ofuscado a la casa, dejando muestras a su paso de la situación que
traía entre manos. Cerró de un inmenso golpe la puerta mientras enumeraba los
más inverosímiles insultos que emergían de su alma. Recorrió las escaleras
pisando fuerte y se dirigió a la habitación de su hijo Damián. El vertiginoso
ascenso se condecía con la ofuscación y la bronca que iba creciendo sin
control. Era capaz de todo porque parecía que nada podía ser peor para él. Como
no había límites tampoco existían los riesgos ni la consideración de detenerse
ante nada. El otro hijo, el mayor, lo vio entrar en tal estado de ira que dejó
el libro que estaba leyendo en el living y trató de alcanzarlo y calmarlo. Fue
imposible. Sólo le bastó intentar tomarlo del brazo para que de un golpe
perdiera el equilibrio en la escalera y cayera rodando varios escalones abajo.
Se incorporó al instante pero su padre ya estaba lejos. Los gritos asustaban
pero ninguno se espantó ni se escondió. Todos tenían algo interior que estaba
desde siempre acostumbrándose al exceso, aunque en el padre ya se había borrado
el umbral y la saturación. El odio le había consumido gran parte de su
humanidad y su decoro. Ahora habría una suerte de belicosidad desbocada que
parecía controlar cada movimiento, porque abrió de una patada la puerta del
dormitorio de su hijo Damián y sin mediar más palabra que un insulto le dio un
profundo golpe con toda su verdad, dejando al joven sin poder reaccionar ni
comprender qué ocurría. No tuvo tiempo ni lucidez para suponer, cayó sobre la
cama con el peso de su cuerpo desplomado y de la circunstancia. Mientras le
seguía gritando le arrojó enérgicamente las fotos en que se lo veía a su hijo
posando ropa de mujer frente a un espejo en su habitación. La escena se
desfiguró en el ambiente como si el choque certero de un puño contra un rostro
desfasara toda lógica de percepción. Las consecuencias no se medían, todo era
puro acto atemporal. Era una imagen instantánea tras otra, como si llovieran
cientos de fotogramas individuales cubriendo el piso de la habitación. A pesar
de la sangre que salió de su boca y estampó un sello sobre la almohada, no
reconoció riesgo porque no sentía culpa, y mucho menos suponía todo como un
castigo hacia él. Fue algo tan rápido que nadie pudo suponer nada de lo que
estaba aconteciendo.
El
menor, que se encontraba en su dormitorio se asustó de tal modo que reaccionó
sin control, y en vez de esconderse o quedarse inmóvil, salió hasta la
habitación contigua para ver qué pasaba.
Cada
uno se lanzó dentro de la situación en un puro acto reflejo sin poder decir
nada. El forcejeo en la escalera, la borrosa aparición de la madre, el hijo
menor escudriñando todo, la inhibición y la angustia en la intromisión violenta
a su intimidad y su dormitorio. Las voces elevaban el tono y la intención del
insulto, el reclamo sin el consentimiento de una demanda justificada, algo que
medie u oficie de nexo de amor filial y paternal entre ambos.
Se lo
había fotografiado maquillándose, moviéndose de un lado a otro como modelando.
Se había supuesto mirado como se mira a una mujer, con deseo, con pasión, con
sexo. La situación había sido plasmada en una fotografía y por desgracia – o
destino- había llegado a cobrarse facturas inconclusas a manos de su padre.
Habían robado parte de su intimidad pero no de su historia. Mordió la almohada
con bronca, con deseo, con el anhelo de una sensación por venir, nueva,
esperada. Sabía que desde ese momento las cosas ya no serían como antes. Por
fin algo empezaba a cambiar.
- Me
querés decir qué es esto, vestido de nena, pintadito, probándote ropa de tu
madre? Decime que te pasa por la cabeza, querés ser una nena?
Los
tres que aun estaban por entrar en escena, los hermanos y atrás la madre, no
podían hacer mucho más que intentos sin fundamento. El mayor quiso detenerlo
nuevamente pero recibió otro golpe y cayó fuera de la habitación. Insultó a su
esposa, y la incriminó de todos los males de la tierra.
-Esto
es tu culpa de que sea una mariquita con tu ropa, ¡infeliz…! inservible…! no
servís ni para hacer hijos normales-. Luego de un certero cachetazo la empujó
tirándola al suelo. Quedó inhibida, volcada, sin poder moverse.
Como
siempre, su madre le escapaba al valor que necesitaba. A lo mejor era hora de
cambiar pero no sabía si podía hacerlo. A veces el castigo nunca era
suficiente, por eso se detenía sin pensar que la voluntad agresiva también
puede salvar vidas. Entonces callaba. No era por miedo físico sino por el temor
a descubrir que estaba desde siempre con un pobre tipo con quien pasaba
jornadas enteras sin cruzarse una sola frase, un hombre vacío incluso de
palabras, en un espacio vacío de su alma. Había momentos en que sus pulmones
parecían implotados, sentía permanecer inerte en el espacio y suspendida en el
tiempo. Lo único emergente era la obligación de haber hecho algo con su vida
propia. Ese estado vacío, puro e infinito no tenía otra secuencia temporal que
la suposición de presencias anheladas pero nunca ciertas, una fantasía que la
acercaba a un bienestar ficticio, con el deseo como consagración de que se
produzca el menor desencuentro posible entre ellos. Aunque nunca le alcanzó
imaginar el absurdo de que la vida es gloriosa para los condenados y malditos
–como su esposo- esto no la conformaba
pero la contenía. A veces lloraba porque para ella un final feliz era sin él,
viéndolo revolcarse en su propia mugre, pero también sabía que era un deseo
mediocre. Al final uno se mal acostumbra a los caprichos más mundanos, aunque
no les pertenezcan. En esa costumbre se fue apagando de a poco.
Por
eso cuando el hombre intentó golpearla nuevamente, ella sintió la vastedad del
espacio de las cuatro paredes, pero necesitó igualmente creer que la opresión
era cada vez mayor, o supuso comprender la situación, la sensación que le
aparecía en la piel erizada. La casualidad del golpe y la caída (o el deseo
oculto en la memoria genética de su cuerpo) volvieron a dejarla boca abajo,
como sabiendo que la misma postura serviría para el sometimiento de todos en la
familia. Ella lo miró a Damián tumbado en la cama boca abajo y en el cruce de
miradas el hombre tuvo la idea. Se volvió a Damián y lo embistió como si fuera
a caer sobre él con todo el cuerpo.
-¿Vos
querés ser una nena? Yo te voy a enseñar a ser una nena-. Los nervios le
complicaban los movimientos. Se movía como una marioneta queriendo cobrar vida.
Intentó bajarse los pantalones y se acercó para quitárselos a Damián, que
seguía boca abajo inmóvil. Forcejeó y quedó parte de su cuerpo desnudo y
expuesto, casi tumbado sobre él. Le susurró una provocación sin bordes, sin
errores. Era una sugerencia lejos de la tentación, pero a Damián así le
parecía, porque el ruido blanco de la respiración en la nuca había abierto un
portal que parecía infranqueable, pero que hubiera sido atravesado con sólo
empujar la puerta dulcemente. En la cama todo parecía suceder vertiginosamente;
fuera de la escena el tiempo era eterno. Ya recuperado del golpe que lo sacó de
la habitación entró el hermano mayor e intentó quitar a su padre de encima de
Damián.
-Estas
loco, qué te pasa, que querés hacer?- Tomó a su padre como pudo, de la ropa,
del brazo, de la sinrazón misma. Se dio vuelta para quitar al hijo mayor de
encima suyo y en la locura perdió el equilibrio y se cayó contra una mesa
pequeña, donde estaba la tijera con la cual rato antes Damián había querido
recortar su cabello, como lo hacía regularmente. Tomó la tijera, no para atacar
o defenderse sino para mostrar quién tenía derecho a quedarse, y sin mediar el
error o el descuido no tuvo otra opción que clavársela al mayor en el pecho,
como un puñal. Esa escena paralizó a todos, mientras un hilo imperceptible de
sangre empezaba a brotar por la tijera clavada y se dejaba correr por su mano.
El hijo se tomó de la tijera con la poca fuerza que le quedaba como si ahora
fuera parte de él y lentamente cayó al piso, quedando insensiblemente tumbado
boca abajo.
Nadie
atinó a moverse. Sólo el pequeño hermano se agachó despacio para tomar del
suelo una de las fotos que cayó a sus pies. La imagen quedó grabada en su mente
sin poder borrarse del recuerdo. Ahora, casi veinte años después, la misma
imagen que ahora tenía entre sus manos emergía entre los muertos como un gran
capitán amarrado a su ballena blanca. Era una imagen; no había palabras. Era
aquella foto caída a sus pies; era una entre tantas elegidas de una caja de
decenas de fotografías robadas. Era el rostro de su hermano Damián que sonreía
en la foto e iba tomando los rasgos de su hermana, la que hacía unas horas
había estado en su casa, cerrando su historia y yéndose de vuelta a su París
actual, que la cobijó sin preguntarle nada a su pasado y la dejó ser lo que deseó
siempre. Ni el Damián de su infancia, ni la “damita” como lo llamaban en su
barrio, ni nada que tuviera que ver con lo que habría degradado su padre,
vejándolo. Para ella la muerte de su padre fue un alivio a medias, porque ya lo
había matado mucho tiempo antes, allá en el olvido, allá en su habitación entre
el golpe en su rostro y el intento frustrado de someterlo, cuando la poca
fortuna se llevó a su hermano. Era sólo lo que quería ser, Damaris, el nombre
que eligió y lo adoptó en su nueva vida, lejos. Su hermano menor, ahora rodeado
de historia y de fotos entendió por qué esto marcó el resto de su vida.
También
recordó que durante los próximos años luego de este suceso - del padre
violento, del hermano muerto, de la madre resignada a la quietud- él estuvo sin
habla, retirado del mundo de los afectos, viviendo sólo eso, un puro acto de
presencia vacía, una imagen, una figura callada, una permanencia inmóvil. Sólo
ahora retumbaban nuevamente los vocablos ininteligibles de sus padres
discutiendo en francés, un idioma que ahora siendo mayor comprendía casi sin
errores, una lengua familiar que Damián había estudiado de niño y que dominada
a la perfección. -Esto alguna vez te salvará- le dijo su madre, allá en el
tiempo.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Dos
voces transatlánticas se conectaron por teléfono.
- Eran
las fotos, cierto?
-Como
sabias…?
-Que
otra cosa podía ser…
-Por
qué no me dijiste nada?
-Qué
sentido tenía…? Vos eras tan chico… te fuiste tan adentro tuyo durante años y
yo lo más lejos posible…no era necesario, no era tu historia…
-Sí lo
era, y lo es aun…
-Si a
vos te parece… podés llevarle unas flores…